Sin el respaldo de una industria o un instituto de cine, los cineastas nicaragüenses trabajan en la actualidad en condiciones realmente heroicas. No hay festivales y premios esperándolos por solidaridad internacional, como en los turbulentos años ochenta, cuando Nicaragua acaparaba la atención mundial, y las películas deben abrirse paso por sus propios méritos.
Uno de los géneros más interesantes cultivados en Nicaragua es el cortometraje de ficción de tipo experimental: filmes con actores e imágenes oníricas, que no siguen un hilo narrativo convencional.
Logros sobresalientes en ese campo han sido Señorita (1973) y Mas es mía el alba de oro (1983) de Rafael Vargarruiz; El hombre de una sola nota (1988) de Frank Pineda; Blanco Organdí (1999) de María José Álvarez y Martha Clarissa Hernández ; y Laberinto (2012) de Rossana Lacayo.
A este género pertenece El corredor de escombros (2013), de Ramiro Lacayo Deshón (Managua, 1952), que además de cineasta (realizó el largometraje de ficción, El espectro de la guerra en 1989) es pintor, narrador y arquitecto de profesión. Con dirección de fotografía de Pineda, El corredor de escombros (con preestreno programado para mañana sábado 20 de julio en el Teatro Bernard-Marie Koltès de la Alianza Francesa) fue filmado con cámara digital, lo cual es usual incluso en el cine comercial (se ha dejado de usar el celuloide).
Como nos explica Lacayo, lo que diferencia el cine de la televisión en el nuevo entorno digital es que las películas destinadas a las salas de cine se inscriben dentro de ciertas tradiciones cinematográficas visuales y narrativas (hay más apoyo en las imágenes que en los diálogos).
Con influencia (filtrada a través de Fellini) del neorrealismo italiano y el expresionismo alemán, el filme de Lacayo sigue los recorridos a pie de un hombre de edad (Jan Kees de Rooy) y su perro por los escombros de la Vieja Managua.
El protagonista, que ha improvisado una vivienda en medio de las ruinas, es obviamente europeo, lo que establece un contrapunto entre el hombre y su entorno. Sus experiencias con respecto a los escombros no pueden ser las mismas del espectador nicaragüense, haya vivido este en la Vieja Managua o crecido después del terremoto de 1972.
Los recuerdos
Ese contrapunto da una dimensión universal, metafísica, a esos escombros (que recuerdan ciertas ciudades europeas después de la Segunda Guerra Mundial), especie de conciencia eterna para los nicaragüenses, por su carácter permanente.
El filme juega con los recuerdos del protagonista (fotos, dibujos, flashbacks: una experiencia sexual en vivos colores mostrada a través de primeros planos de una mujer joven) y los del espectador.
En este sentido, es un filme abierto a interpretaciones y el distanciamiento rosselliniano de Lacayo ante su material (se abstiene de hacer comentarios) estimula la multiplicidad de vivencias.
La cinefilia de Lacayo salta a la vista en el maravilloso plano del protagonista pasando por las ruinas del Teatro Margot, con imágenes fantasmales de niños que corren hacia la taquilla a comprar sus entradas. Son los fantasmas de nuestros recuerdos que habitan los escombros.
Otro plano de referencia cinematográfica es el del protagonista examinando rollos de celuloide tirados en una calle, nadie sabe desde cuándo, que nos hace pensar en los rollos que cubren la cabeza de Jean-Luc Godard en su filme sobre el Rey Lear.
Igual que Mastroianni en Ocho y medio de Fellini, la actuación de Kees (su sombrero y los anteojos son una alusión a esa película) depende del montaje. La sobriedad interpretativa hace que los trozos de estatuas de la Catedral, las calles vacías, los graffiti que rodean al viejo caminante, adquieran un rol co-protagónico.
El paso del tiempo
El filme, que trata sobre el destino brutal del ser humano, es una reflexión sobre el paso del tiempo, como conducto inevitable a la muerte, y sobre la compañía de otro ser vivo como recurso para aminorar la angustia que produce la conciencia de la muerte (el único toque de ternura surge de la amistad del protagonista y su perro).
La imagen que cierra la película (tomada, como indican los créditos, de mi poema Belén-Managua, Circa 1956) es también fantasmal, nostálgica y de cierta manera, revestida de esperanza en medio de la desesperación: una mujer joven con dos niños, agarrados de las manos, bailan en círculo.
El equipo de filmación fue sumamente reducido lo que facilitó la improvisación. Para dar más dureza a las imágenes, el realizador y su editor, el guatemalteco Koki Ortega, redujeron la saturación de los colores hasta llegar a un tono metálico (cercano al blanco y negro), similar a los matices morados de la fotógrafa Anna Foerster para la película británica Anónimo (2011) de Roland Emmerich.
El corredor de escombros es, en última instancia, una breve lección de lo que es y ha sido el cine: un arte creado en base a la necesidad de los grandes maestros del cine mudo de apoyarse en la imagen. Sin esa tradición visual el cine no habría logrado su autonomía como el arte más importante del siglo XX.
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