Ezequiel D’León
Nunca antes estuve de acuerdo con desechar mis libros, botarlos, regalarlos, como sea. Tenía un apego tangible a los libros, eran mis fetiches de intimidad. Los guardaba como objetos de valor profundo, como registros de mi caminar de lector y escritor, estaciones a las que podía volver de vez en cuando y reinventarlos desde ángulos nuevos. Pero, desde hace un tiempo hacia acá, he empezado a darme cuenta de algo tan obvio para muchos: las lecturas son verdadero alimento para nuestro espíritu, al igual que nuestras amistades.
Mis pocos libros acumulados en un viejo estante, luego de andar de arriba para bajo en apresuradas mudanzas, traslados impulsivos, desamores vinculares y torbellinos de la vida, han pasado ahora por un examen minucioso, un escáner emocional cauteloso. He descubierto que antes tenía cierta predilección por una literatura que enaltece la oscuridad, la depresión, la decadencia, lo más bajo de las energías humanas. Me regocijaba en ello.
Recuerdo mis noches de desvelo leyendo autores como Alejandra Pizarnik, César Vallejo, Carlos Martínez Rivas o Gerard de Nerval. Son autores de la melancolía intensa y estados vibracionales estancados: la flor negra de la Ancolía.
Mi generación (la llamada generación de poetas de “Los 2000” o del desasosiego) ha marcado en su mayoría las pautas de una fijación por lo depresivo. Lo que yo he escrito y publicado antes va en esa línea también.
Pero hoy, al menos hoy con seguridad lo afirmo, no me identifico más con autores tóxicos como Charles Bukowski, Allen Ginsberg y toda la generación beat de Estados Unidos. Tampoco me apasionan ya los poetas malditos franceses, esos cuestionadores a ultranza de la moral de su época. Y no se trata que sean malos escritores, son estéticamente muy buenos, pero espiritualmente son tóxicos y ya la vida me regala pequeñas tristezas cotidianas como para buscarlas también en los libros. Se trata de que hay obras que no me edifican y he empezado a marcar límites con lo que leo. Es simplemente una decisión personal, un filtro personal. No me interesa promover esta actitud en otras personas, sino solo compartirla por este medio.
Para mí es todo un duelo abandonar libros tan preciados como El país donde todo es permitido de Sophie Podolski, un libro que, después de muchos años, tuve que conseguir con ayuda de Camile H., un artista canadiense que conoció personalmente a esta autora suicida. He decidido abandonar mi identificación con la fotógrafa Dora Maar, he soltado y dejado ir otras fuentes de arte que no me edifican como persona.
Sin que se viva como censura, a veces es bueno cerrar etapas como actos de voluntad y libertad, abrir nuevos ciclos, quizá no hacia la plena felicidad (que no existe), pero sí hacia la edificación y la construcción de tres ejes específicos espirituales: el poder de realización personal, la sabiduría y el amor.