Ricardo Trotti

Brasil: ¿Alegría o felicidad?

La embriagante pero pasajera alegría por los tres golazos de la “verde amarela” a la “furia roja” en la final de la Copa Confederaciones, no disipó las protestas callejeras de los brasileños ni sus sueños por alcanzar una felicidad más duradera.

Si las autoridades esperaban que la victoria contra España amortiguara el impacto de las protestas, los brasileños redoblaron la apuesta y se multiplicaron en 353 ciudades esta semana, expresando sus reclamos por un mejor gobierno y mayor bienestar. Pareciera que ya no quieren que la alegría que exportan gracias al futbol, la samba y el carnaval, sean los únicos productos de su identidad nacional o su marca registrada en el extranjero.

Las protestas invitan a todos los brasileños, gobernantes y gobernados, a una discusión más profunda de la que muestran las pancartas. Se trata de un debate sobre la alegría y la felicidad; entre la satisfacción y el placer personal, y aquellas virtudes, como la justicia y la igualdad, que hacen al bienestar de todos.

Con motivo del 4 de julio, Día de la Independencia de EE. UU., la revista Time publicó un interesante artículo respecto a la interpretación de “la persecución de la felicidad” uno de los tres derechos, que junto al de la vida y el de la libertad, se expresan como fundamentales en la Declaración de Independencia de 1776.

La búsqueda de la felicidad como la interpretaba el principal redactor de la Declaración, Thomas Jefferson, no se trataría solo de lograr un objetivo de dicha personal, sino más bien la obligación de la sociedad y del gobierno a buscar y alcanzar el bien común. Jefferson definía a la felicidad, el bien último del ser humano, desde la virtud y la buena conducta que pregonaba Aristóteles y desde la bondad y la justicia de Platón.

De esa manera, esa búsqueda del bien común —una tarea prioritaria que deben asumir el gobierno y los servidores públicos, quienes no pueden anteponer sus intereses políticos o partidarios por sobre los de la ciudadanía— es lo que permite a las personas alcanzar el bienestar y la dicha individual.

En Brasil, el espíritu de las protestas revela que la gente está harta de la demagogia, del “pan y circo”. El reclamo no es tanto por la mejora de los servicios públicos, sino una interpelación al gobierno sobre la impunidad, la falta de transparencia, la corrupción. Exigen igualdad para que todos puedan luchar por sus sueños y prosperidad.

Pese a algunos actos de violencia entre manifestantes y policías, se debe reconocer que el gobierno de Dilma Rousseff tuvo la prudencia para aceptar los reclamos y actuar en consecuencia. La ley anticorrupción y el plebiscito que permitirá una reforma política que aumentará la participación ciudadana en el proceso político y que haya transparencia en las finanzas de las campañas electorales, revelan humildad gubernamental.

También importante, es que el gobierno de Rousseff —a diferencia del kirchnerismo argentino y el chavismo venezolano— no atinó a contrarrestar las movilizaciones creando marchas paralelas ni movilizando a las huestes del Partido de los Trabajadores.

Tal vez esa actitud comprensiva del gobierno, forzada en parte por el brusco declive de popularidad de Rousseff, haya sido incentivada por las palabras del papa Francisco, quien a pocos días de ir a Río de Janeiro para las Jornadas Mundiales de la Juventud, dijo que las reivindicaciones de los jóvenes por una mayor justicia no contradicen los Evangelios.

El gobierno sabe que el respaldo de Francisco no es demagógico, sino que se fundamenta en el método de trabajo de los obispos brasileños que siempre apoyaron a los pobres y los “sin tierra” a través de las comunidades de base, activas en todo el país. Hoy, los obispos reivindicaron los gritos juveniles contra la “corrupción, la impunidad y la falta de transparencia de la gestión pública”, poniendo el acento en el derecho democrático a las manifestaciones “que debe ser siempre garantizado por el Estado”.

Pese a que la felicidad se identifica con aspectos de bienestar personal como acceso al dinero, salud, placer y alegría, las protestas brasileñas están demostrando esa otra dimensión de la felicidad, la del bien común, la cual tiene en la corrupción a su mayor antónimo. El autor es periodista, director de prensa de la  SIP.


COMENTARIOS

  1. Juan Perez el Incredulo
    Hace 13 años

    Difiero con el columnista. Esa pequena competencia en futbol no fue programada para contrarestar las protestas. Fue algo sin planificar que coincidio con la fiesta deportiva. El deporte y en especial el futbol es algo que libera las presiones (al menos por un momento) de una sociedad dominada por la tal oferta y la demanda, explotada en su mayoria por corsarios y piratas. El ser humano tiene derecho a su recreacion como parte de la vida y el futbol asi como otros deportes es parte de esta vida

  2. Juan Perez el Incredulo
    Hace 13 años

    Un buen paso la de Rousseff. Tratar de controlar a la mafia (de todo tipo) inflitrada en el gobierno Brasileno. Que el estado vuelva a por sus fueros y que regule honestamente la adminstracion publica. Duro trabajo pero no imposible si hay voluntad. Con una buena administracion ni necesidad tiene de andar prometiendole nada al pueblo.

  3. Jose m. fernandez.
    Hace 13 años

    Buen articulo.El gobierno de Brazil ha sido muy prudente en su confrontacion con los protestantes en su demanda de justicia social,todo llego a su cenit cuando la clase media,por lo general blancos,cansados de las protestas y de los tranques de trafico y mas,decidieron unirse a los protestantes de las fabelas y otros pobres por lo general de piel oscura,esta union dio un poder increible al clamor popular.Vamos a ver si ademas de seguir siendo alegres,los brazileños logran ser un poco mas FELICE

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