Ezequiel D’León
El árbol de fuego trasluce su diseño estrepitoso, nos cobija de brasas como lluvias rojizas. Somos tres caminantes que suben sobre el adoquinado. Acuarela sonora, canto de color. Los niños, las niñas van a la escuela. Una sombra escarlata nos atrapa con su sudor vegetal. Un bus se aferra al ambiente con su ruidazal urbano en pleno campo. Avanzamos entre brisas de la mañana en esplendores inéditos. La Luna en pleno día, fuente de regazo, en clave de azul sepia: madre que destruye y engendra. Un despertar anuncia un sol sin nombre, un sol de enormidad. Nubes grises, contrastes, prístino arcoíris. Amagos de agua tierna que derrumba sus cristales de paz.
La tristeza del bosque enano queda atrás, pasa pasajero con el pesado pasado de vieja lentitud. El viento nos enrolla con una ternura audaz y violenta. El viento nos individua, nos desplaza en la dinámica de la liberación. Caminamos juntos. Margarita ríe con una risa mineral. Acompañamos nuestras soledades con un amor desconocido. La trocha nos espera desde un clamor intenso de cortos lances ventosos. Avanzamos. Nuestros corazones agitan sus sueños más profundos: son represas de un desborde fugaz. Crecemos como árboles vitales en pie de marcha. Todo es impersonal, de súbito, todo es unidad en armonía. El día crece junto a nosotros y es amplio y redondo el horizonte. Todo es como una película concentrada en un mismo centro.
Un difuso grito es callado por el cuerpo que trota. Unos labios dicen por fin la palabra del asombro. El guardabarranco apunta con su pico hacia un Norte muy claro. Todo es unidad, enlace, estertor, trance de presencia. Un frescor de infancia nutre cada paso. Vicky es una niña disfrutando ser espontánea mientras saluda al cielo cóncavo.
Hoy es un día de gozo. Un loto flota en el charco a la par del camino. El oro de unos ojos silenciosos se derrite al calor más abrazador de la luz que nos tiene vivos. Los límites se imponen al abrazo de un espejo. Un campo de grama, una cancha, son nuestro escenario de descanso. Llegamos al fin. Nuestras infancias, como surcos en la piel, han sido reconquistadas para siempre.
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