Tras la debacle electoral sufrida en las elecciones nacionales 2011, mientras me encontraba caminando cabizbajo en una marcha raquítica de oposición, un amigo ex PLC —lamento decir—, quien ya militaba con éxito en el PLI, se sorprendió al mirarme que iba pasando por ahí diluido entre un grupo de manifestantes. Presuroso y sarcástico se fue abriendo paso, se acercó lo más que pudo, a corta distancia extendió sus brazos y a los cuatro vientos lanzó un ensordecedor grito de mortero, cuya detonación y onda expansiva estremecieron mis tímpanos y a quienes se encontraban a mi alrededor, abochornándome así: ¿Miguelito, cómo está tu PLcito?, refiriéndose a mi entrañable PLC.
La irónica pregunta laceró al instante el ensueño liberal de una íntima ilusión; hizo palidecer el orgullo de mis 17 años de militancia ininterrumpida de tiempo completo y dedicación exclusiva, y peor aún, enmudeció en mi pecho, según lo sentí, una atiborrada montaña de contundentes respuestas que no pude expresar.
El viacrucis rojo continuaba, era el turno de un amigo de cabello blanco, con quien discutíamos en una pausa de café sobre el futuro de mi partido. Obviamente, era yo quien agregaba a esa plática humeante el único entusiasmo que en ella podía existir; sin interrupción ni pausa alguna expuse en apasionadas ráfagas mentales siempre la perspectiva institucional con tendencia al alza, conjugué en tiempo futuro los verbos renovar y ganar, ilusioné haciendo desfilar a la orilla de la mesa los mismos cuatrocientos elefantes del poema infantil. También tuve otras fantásticas visiones, pude oír clarines, ver laureles, arcos, estandartes solemnes y hasta el advenimiento de gloria de un cercano sufragio triunfal.
Cuando al fin terminé de fabricar en tercera dimensión —3D— esta maqueta promisoria del PLC, mi experimentado amigo, en un somnoliento silencio me miraba angustiado a los ojos, observó a los lados para asegurarse primero que solo yo pudiera escuchar lo que iba a decirme, inclinó su cuerpo hacia adelante y expresó en reposado tono de tristeza: “Miguelito, hay unos animalitos que cuando nacen a la semana abren los ojos, pero otros no los abren nunca ”.
Muchos liberales PLC en toda Nicaragua también han vivido en carne propia este tipo de punzantes desaires y verídicas anécdotas. Meditando en ellas hoy las escribo agradeciendo a quienes de manera sui géneris me exhortan a poner los pies en tierra firme. Entonces me pregunto por qué desde afuera de mi corazón el PLC se mira chiquitito y por qué los fieles perseverantes de la causa roja sin mancha, peones eternos, proyectamos la horrenda imagen de tener los ojos vendados.
¿Enanitos y ciegos? Es hora de respuestas. Es tiempo de comprometernos con la transformación institucional que requiere el PLC para convertirse en una institución política con credibilidad y alto respeto.
Mis respuestas indican, hoy más que nunca, que debo continuar militando en el PLC pero no a la espera que un imponderable conciba ese milagro, al contrario, permanecer luchando para convertir ese sueño en una realidad tangible, porque la credibilidad nos conviene a todos. El autor es Secretario Nacional del PLC. Politólogo y Abogado
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