Salvador Montenegro Guillén
El hombre que de su patria no exige ni un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no solo ser oído sino creído. ACS, 1927.
El contagioso entusiasmo suscitado con la aprobación de la Ley 800 el año pasado y la reciente Ley 840 (Ley Especial para el Desarrollo de Infraestructura y Transporte Nicaragüense Atingente al Canal, Zonas de Libre Comercio e Infraestructuras Asociadas), debe modularse prudentemente ya que arriesgamos precisamente la sostenibilidad de dichos proyectos, nada menos que la mayor inversión en infraestructura para el desarrollo que nuestro país haya concebido, y más grave aún, al mismo tiempo la seguridad de las aguas del Cocibolca para satisfacer la creciente necesidad de agua potable para Nicaragua (y la posibilidad futura de exportación de excedentes de agua potable a otros países), así como la irrigación de los mejores suelos del país en las planicies de occidente.
Consecuente con el exhorto pronunciado por el comandante Daniel Ortega Saavedra, orientando que el diseño del Gran Canal Interoceánico debe ser “bien pensado, bien trabajado para no afectar el medioambiente” (El 19 Digital, 2012.06.15), asumo la responsabilidad a título personal y profesional de advertir a quien tenga oídos para escuchar, sobre el innecesario riesgo que corre Nicaragua de desperdiciar la mejor opción natural con que cuenta para su desarrollo social, económico y ambiental, contenido en las aguas del Gran Lago Cocibolca, y como veremos mañana, también del río San Juan.
Aunque al presente y futuro inmediato los resultados de los estudios de factibilidad de la iniciativa, y estimación de los impactos ambientales que podría causar construir parte del cauce del GCI en el lecho del Gran Lago Cocibolca continúan en la dimensión especulativa, existen felizmente suficientes elementos y antecedentes para considerar la situación y prever consecuencias a grandes rasgos. Si bien se mencionan rutas alternativas de acceso desde el Caribe, esencialmente se sigue considerando el mismo diseño concebido hace ciento treinta años por el almirante E.S. Wheeler, del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y A.G. Menocal, de la Nicaragua Canal Construction Company, con el paso de un cauce artificial a través del lecho del Cocibolca.
Sabemos desde 1870 por los estudios mencionados, que las principales dificultades a resolver para excavar un cauce a través del Cocibolca, son en primer lugar la masiva acumulación de sedimentos en el fondo producida por la erosión secular en la cuenca de drenaje, y en segundo la inestable y constante movilidad de esos sedimentos del fondo, que depende de las corrientes lacustres impulsadas eólicamente. En tiempos modernos, la combinación de ambos factores constituyen elevado riesgo de accidentes navieros, que de ocurrir uno provocando una “marea negra”, acabarían nuestras esperanzas de usos múltiples del Cocibolca.
Si bien la construcción del posible cauce de 30 metros de profundidad, 300 metros de ancho y 90 kilómetros de longitud que atraviese el Cocibolca desde el río Oyate u otro cercano hasta el río Las Lajas no constituye un problema insalvable para la tecnología actual, tampoco lo sería el obligatorio y constante dragado de los sedimentos desplazados por las corrientes que llegarán constantemente al álveo de dicho cauce. Estos trabajos a pesar de elevados costos de construcción y mantenimiento serán indispensables, de otra forma las fuerzas naturales se encargarían de azolvar dicho cauce en poco tiempo. Otro asunto sería la necesidad de resolver la disposición y descarte de los 810 millones de toneladas de lodo arenoso resultante de la excavación inicial.
Fuentes interesadas comparan insistentemente el funcionamiento del Canal por Panamá con el ideado GCI por Nicaragua, sin mencionar que la hidrodinámica del artificial lago Gatún, producto del represamiento controlado de varios ríos en una cuenca diseñada y administrada con el mismo rigor que se organizó dicho país en función del conocido canal, es completamente distinta a la del natural y somero Cocibolca, el cual resulta particularmente vulnerable por su naturaleza, cuya cuenca degradada y erosionada durante cinco siglos, no obstante permite aún cifrar esperanzas para otros usos ambientalmente sostenibles.
Al momento seguimos sin conocimientos actualizados del relieve o batimetría del Cocibolca y mucho menos de las complejas corrientes lacustres que mueven aguas y los abundantes sedimentos. Esperamos que serán capítulos detallados del estudio de factibilidad. Aunque los Grandes Lagos de Nicaragua son ejemplo de libros de texto para el tema de la formación de la notable Circulación Langmuir versión lacustre, posiblemente los proponentes desconozcan que en un día cualquiera de vientos moderados, por hidrodinámica natural el movimiento helicoidal de traslación resultante del agua alcanza capacidades de arrastrar millones de toneladas de lodo, lo que será una pesadilla para quien necesite operar un cauce limpio a prueba de naufragios para barcos con calado marino profundo.
Con velocidades del viento superiores a dos metros por segundo, se inicia la formación de celdas Langmuir, que en el caso de cuerpos de agua tan someros como es el Cocibolca, la circulación turbulenta alcanza el fondo y resuspende los sedimentos, arrastrándolos como chorros de lodo subacuáticos sumamente eficientes y capaces de rellenar el cauce del GCI. Los diseñadores deberían considerar esta fuerza hidrodinámica causa de inviabilidad técnica suficiente para suspender la excavación del cauce a través del Cocibolca.
Existen modernas opciones y otras rutas para diseñar y construir el Gran Canal Interoceánico sin que este atraviese al Gran Lago Cocibolca y lo sacrifique innecesariamente. Constituye responsabilidad de los diseñadores proponer una opción inteligente que cumpla con el exhorto del presidente Ortega y sobre todo, satisfaga las expectativas de los nicaragüenses, en salvaguarda del bien natural más valioso de Nicaragua. El autor es Director Fundador del Centro para la Investigación en Recursos Acuáticos de Nicaragua
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