El célebre acuerdo canalero Ortega-Wang, una mancha histórica nacional, probablemente abrió brechas irreparables para el futuro del sandinismo. He aquí algunas razones para decirlo.
La base ideológica sandinista post-Guerra Fría es el conjunto de ideas conocidas bajo el pomposo nombre de Socialismo del Siglo XXI (SS 21). Este, a pesar de su oscuridad conceptual, contiene entre sus elementos identificables al populismo, caracterizado por exacerbar las luchas clasistas, prometer cosas frecuentemente incumplibles, efectuar gastos sociales clientelistas y proponer la “democracia participativa”, que es la proliferación de organizaciones verticalmente controladas por gobiernos que accedieron al poder instrumentalizando y adulterando a las instituciones democráticas. Además, el populismo utiliza estridente y diariamente al nacionalismo.
Aunque la retórica inflamatoria del socialismo veintiunero es uniforme, las políticas reales cambian profundamente de un país a otro. Por el extremo izquierdo está el desastroso caso venezolano. Por el extremo derecho está el sandinismo, cuyas políticas económicas son incuestionablemente neoliberales. El gobierno actual abandonó, afortunadamente, al modelo despótico que empobreció y desgració a Nicaragua durante la fenecida revolución de los ochenta. Efectivamente, este régimen ha continuado en la arena económica la ruta de los gobiernos democráticos precedentes: política fiscal prudente, política monetaria conservadora, buenas relaciones con el sector privado al extremo de que algunos de sus grupos mantienen posturas complicitarias con el Gobierno, incluso en programas cuestionables. Además, en política exterior (a pesar de los espasmos y espumas verbales antinorteamericanas), existe una razonable y sana cooperación con Estados Unidos en el combate al narcotráfico, al terrorismo, a la inmigración ilegal y al tráfico humano.
Hasta hoy el círculo sandinista gobernante ha convencido a sus seguidores más crédulos de que esta es una revolución (afortunadamente no lo es), medio ocultando el insalvable abismo entre discurso y práctica, que es sana en algunos aspectos y dañina en muchos más. Sin embargo, la brecha abierta por el caso del Canal que nos mancha es tan enorme e inocultable que (comentaba premonitoriamente una dama leonesa), con el tiempo surtirá efectos similares a los que causó sobre el régimen somocista el terremoto del 1972: deslegitimación por abuso y sed insaciable de poder y riquezas, brecha insalvable entre realidad dictatorial y fantasioso discurso democrático.
Surge entonces un problema para el régimen sandinista: ¿Cómo explicar a la mayoría nacional y a las masas sandinistas que la globalización capitalista, diariamente demonizada y odiada por el “socialismo solidario”, sea de pronto “la gran oportunidad de los nicaragüenses para salir de la pobreza”? ¿Cómo conciliar el discurso anticomercio internacional (“instrumento de explotación imperialista”) con la entrega de Nicaragua, atada y escarnecida, con un oscuro convenio a un oscuro especulador financiero, para construir un canal que facilitaría el comercio global? ¿Cómo ocultar la brecha entre la prédica del nacionalismo populista y demagógico y la peor conducta antinacional en la triste historia del país?
La naturaleza del convenio canalero posibilita que países como China intenten meter una cuña estratégica hemisférica, presionando a Estados Unidos. Esto colocaría nueva e irresponsablemente a Nicaragua dentro de graves tormentas geopolíticas. De manera más inmediata, el convenio (cuyos vicios deben ser explicados en todos los foros posibles) ya deja ver, implícita pero claramente, la decisión gubernamental de continuar en el poder tras 2016. Como sea, el hipotético Canal de la mancha (que estudiado y negociado patrióticamente sería de inmenso beneficio), abrió una brecha en las bases políticas e ideológicas del régimen. El tiempo lo confirmará, agrandándola.
El auto es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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