Noel Cruz Barrientos
Creo que ser un maestro tiene, como la Luna, su cara luminosa y su cara oscura. En la vida casi todo es así; no hay nada tan malo que no tenga algo bueno y al revés. Lo que importa es ser consciente de todo, luces y sombras, para que nada nos tome desprevenidos y sobre aviso no haya engaño. No por una actitud estoica ante las ambivalencias de la vida ni mucho menos por la resignación, más bien por una actitud realista que relativice lo negativo y valore sin fantasías lo negativo; creo que por allí va eso que llaman madurez.
El lado oscuro de la luna lo conocen bien es el bajo sueldo, y más a fondo, lo que ese sueldo significa; el poco reconocimiento social hacia el maestro. Este duelo lo percibes todos los días y te acompaña como mala sombra; a veces alguien te ve de arriba abajo; mucha gente no valora lo que estudiaste, ni lo que haces. El lado oscuro son también los escasos recursos con que cuentas para realizar tu tarea y la poca atención que les merece a las autoridades. Fuera del libro de texto, casi no cuentas con nada; librado a tu imaginación.
Hay además corrupción en el medio magisterial; reglas de juego poco edificante que tienes que aceptar; a veces manipulación, abusos y un doble lenguaje que molesta. Hay también, aunque no es privativo de tu profesión rivalidades, murmuraciones, envidias y zancadillas de algunos compañeros. Entre todo esto hay que caminar como equilibrista sobre la cuerda floja.
Júntale a todo lo anterior la pobreza de los alumnos que les dificulta tanto aprender; la testarudez, indisciplina y rebeldía de algunos muchachos en el aula; la ignorancia, a veces, de los padres, de familia que no saben estimularlos ni corregirlos, y la maledicencia, que nunca falla en la comunidad. Competir con la “tele”, los vídeos y los cantantes de moda, en batallas que estén perdidas de antemano; y como colofón, se te culpa no solo de que los alumnos no aprendan, sino de todos los males del sistema educativo. Decididamente el lado oscuro es más bien negro, de tantas dificultades y problemas que tiene la profesión.
¿Qué pondremos en el lado luminoso? Yo fui maestro por varios años. Y recuerdo siempre tres cosas que me parecen hermosas y que hoy añoro. La primera es la experiencia de “ver y aprender”; suena curioso decirlo, sí, pero no hallo la otra manera.
Aunque daba clases en secundaria, por una circunstancia excepcional me tocó en unas vacaciones enseñarles a leer a varios niños; en otra época posterior enseñé a leer a un grupo de campesinos adultos (uno de ellos, don José, de 76 años, por cierto) el momento en que las tareas se convierten en palabra y estas en pensamientos, es como un chispazo que estremece.
Al niño y al adulto por igual en ese momento, el niño sonríe y su sonrisa es expresión de triunfo, gozo de descubrimientos y juegos ganados. En el adulto es emoción, que le desconcierta, comprobación que no era tan difícil y extraña sensación de descubrir que el pensamiento está escondido en los garabatos del papel. Yo simplemente lloré cuando don José me dijo esa tarde: “Ya sé leer, ya soy gente de razón”, soltando un orgullo reprimido por 70 años. El autor es Especialista de registro y certificación académica. Docente administrador.