José Antonio Zarraluqui

Dilapidaciones

En los Estados Unidos lo único cierto es que morirás y pagarás impuestos. No asombra que el papel del Internal Revenue Service (IRS) creciera en dos sentidos desde 1862 cuando Lincoln lo creó: el intimidatorio, aumentando los impuestos y el recuerdo de que contra Al Capone no se pudo por la sangre que derramó, sino por impagar tributos, y el justiciero, porque a todos toca contribuir al común y el IRS garantizaba seriedad y buen hacer. Bueno, la última parte de esa creencia se ha ido al diablo. Mientras el IRS contrata a miles que supervisarán el Obamacare, el programa universal de salud, y en medio de escándalos gubernamentales (la Operación Fast and Furious que envió armas a narcotraficantes mexicanos, políticas erráticas en el Oriente Medio, mentiras sobre la tragedia de Bengasi, espionaje a periodistas, rastreo masivo de emails y llamadas telefónicas de la población, etc.) que han llevado incluso a The New York Times a decir que el presidente ha perdido credibilidad, se revela que el IRS concedió tax exempt status a organizaciones “progres” de todo tipo cuando a las de derecha se lo negaba.

Lois Lerner, adjunta de Sarah Hall Ingram, la directora de Organizaciones Exentas de Impuestos del IRS —promovida a vigilante fiscal del Obamacare—, fue llamada al Congreso a explicar esas políticas discriminatorias. Llegó, saludó, dijo que tiene la conciencia tranquila porque no ha violado ley alguna, pero no testificaría, acogiéndose a la quinta enmienda (que permite a un ciudadano no decir algo que pudiera incriminarlo). Peor todavía fue lo del comisionado del IRS, Douglas Shulman, quien registró 157 visitas a la Casa Blanca (¡más que los secretarios de Justicia Holder, del Tesoro Geitner y de Salud Sebelious juntos!) y cuando le preguntaron qué provocó tanto visiteo, dijo que llevaba a sus niñas a buscar huevos de pascua en los jardines presidenciales (¡un día al año!) Y aún estalló otro escándalo relacionado con el IRS en otra comisión congresional.

Russsell George, inspector general del Tesoro para la Administración de Impuestos, informó que entre 2010 y 2012 el IRS convocó a sus empleados a 225 conferencias que costaron la bicoca de US$49 millones. De esa barbaridad de dinero lo único auditado son US$$4.1 millones autorizados por Faris Fink, comisionado de Pequeños Negocios y Autoempleo, para una reunión en Anaheim, California, en 2010, que presidió y donde hasta se disfrazó de un personaje de Star Trek para un vídeo que filmaron sus subordinados. Otro vídeo muestra a los asistentes aprendiendo a bailar en grupo y hubo habitaciones que costaron miles la noche, suvenires, dinero de bolsillo, etc. Cuando preguntaron a Fink en el Congreso qué opinión le merecían esas películas, respondió que eran embarazosas y se disculpó, aunque no parecía avergonzado ni prometió renunciar. Pero la sorpresa vino tras la observación de que los inspectores del IRS, que obligan a los contribuyentes a conservar muchos años cualquier recibo que justifique un alivio del impuesto que deban pagar, no pudieron encontrar en qué se habían gastado esos US$4.1 millones, ¡en una sola de las 225 conferencias del IRS! Y respondió el señor Fink, sin pestañear, que los auditores del IRS habían rastreado el noventa por ciento y apenas un diez por ciento no estaba justificado. Grandioso. El diez por ciento de US$4.1 millones son US$410,000. Estos incidentes contribuirán a incrementar la condición intimidatoria del IRS. A lo que de seguro no contribuirán es al prestigio del organismo recaudador. Tal vez haya llegado el momento de establecer un tax flat calculable en formularios que no precisen asesoramiento. Tal vez haya llegado la hora de desmantelar una oficina perversamente abusiva cuyos jerarcas parecen estar a la altura moral de Al Capone. El autor es analista político. ©FIRMAS PRESS

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