Hoy en día todos hablamos de los derechos de la mujer, del niño, de los animales, etc., pero nunca hablamos y mucho menos defendemos los derechos de Dios. No obstante, ¿cuáles son estos?
En primer lugar, como nuestro padre y creador tiene derecho a su gloria. ¡Cuántas veces delante de nosotros hablan mal de un hijo o amigo e inmediatamente los defendemos! No sucede así, sin embargo, cuando resentidos sociales o religiosos insultan a Dios y nosotros —por falta de respeto— guardamos silencio.
Cuánto bien sembraríamos y qué testimonio cristiano daríamos si valientemente defendiéramos al Señor, alentando a otros a hacer lo mismo. Al respecto, ya Jesús nos advirtió: “El que me confesare delante de los hombres, yo le confesaré delante de mi padre, pero el que se avergonzare de mí, yo me avergonzaré de él…”. Recordemos que San Pedro negó al Señor, pero se arrepintió después llorando amargamente.
¿Por qué avergonzarnos de Dios? No es acaso el Señor por el que existimos, nos movemos y somos? Quién de nosotros, habiendo tenido la experiencia de un encuentro personal con Dios, ha sido defraudado, habiendo confiado en Él? ¿Por qué negarlo, entonces? Bajo ningún pretexto podemos avergonzarnos de defender a un Dios tan bello que nos ama. Todo lo contrario, sintámonos orgullosos de tener la oportunidad de servir al gran Señor del universo.
Fijándonos bien, en el padre nuestro están condensadas las peticiones de la gloria de Dios: “Santificado sea tu nombre” somos nosotros los llamados a santificarlo y lo hacemos cuando asistimos a la celebración eucarística y reposamos el día del Señor. Cuando nos comportamos como verdaderos hijos suyos, practicando el bien.
“Venga a nosotros tu reino”. Lo hacemos reinar en nosotros cuando lo llevamos en nuestro corazón por la gracia santificante. Implantamos también su reino cuando nos amamos y perdonamos mutuamente, siendo portadores de la paz.
“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Ya en el cielo, los ángeles, arcángeles y santos realizan su voluntad. Falta que nosotros lo hagamos también cumpliendo fielmente los diez mandamientos. Falta que demos testimonio de nuestro cristianismo, sea cual fuere nuestra religión. Que realicemos nuestras labores cotidianas por puro amor a él y al prójimo, aún cuando devenguemos un salario por ello. Hagamos también su voluntad, cumpliendo cabalmente con nuestro deber de estado (religiosos, solteros, casados, oficinistas, obreros, profesionales, etc.).
Pero además de su gloria, Dios tiene derecho a nuestro amor. Si Él nos colma de sus dones y de su amor, es justo que devolvamos en algo sus innumerables beneficios.
Ya el refrán lo dice “amor con amor se paga” ¿Quién puede quedar indiferente al amor de todo un Dios, pendiente de una cruz por amor nuestro?
Preguntémonos: ¿Qué estoy haciendo actualmente por Dios? ¿En mi vida privada cumplo cabalmente con mis deberes de esposo, esposa, hijo? ¿Comparto el tiempo necesario con mi familia? ¿Dedico al menos media hora de oración para platicar con Dios? ¿Visito la iglesia siquiera una vez a la semana? ¿Leo la Biblia o un libro o algún libro espiritual que me una más con Dios? Pertenezco a alguna asociación para hacer apostolado y ayudar a otros? ¿Realizo todas mis acciones por puro amor a Él y para agradarle? ¿Prefiero perderlo todo antes que perderlo a Dios por el pecado?
Proclamemos sus obras si al fin y al cabo dichosamente somos su rebaño y ovejas de su redil. Hagamos triunfar sus legítimos derechos con nuestras actitudes positivas e irreprochable conducta. Hagamos gala también de nuestra perfecta adopción de hijos de Dios, cumpliendo el mandato de Cristo: “ Vean los hombres vuestras buenas obras, para que glorifiquen a vuestro padre celestial ” La autora es secretaria ejecutiva
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