Edwin Yllescas Salinas
Sabia de sí misma, este libro no necesita prólogo, ni prolegómeno ni prefacio. Él es su propio manual, su propio tratado. Su nítida enciclopedia de las posibilidades abierta y, especialmente, por abrirse a la mujer.
De ahora en adelante quien quiera indagar algo de la mujer y su unicornio, de la mujer-mujer, e incluso y fundamentalmente, de la mujer mineralógica, deberá acudir a las grandes puertas de este templo de Krytonita. A sus raras vetas.
Su poesía y ella misma está hecha de una rara sustancia que va del cristal al acero, sin caer en la obsesión, mucho menos en la idolatría del tallercito de niños. Su decir, su forma de decirse es la mejor manera de conservar sus cristales. De eso hablamos cuando hablamos de Yelba Clarissa.
Su captación y fijación de esencias y trascendencias minerales, profundamente humanas, no habría pasado inadvertida para ningún ingeniero mineralógico. Tampoco lo pasa para mí, sobreviviente alejado de quásares, turmalinas y peñas.
Espero que su lección no sea en vano. Yo, yo me apacenté a más no poder! El mundo va más allá de la insípida Hannah Arendt; excede las reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Simone Weill es muy aburrida. La tierra es menos tenebrosa.
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Su teoría es simple, y reza: Solo la experimentación de la vida en toda su extensión, (y Yelba Clarissa es alquimista, —ejerce la alquimia y deviene de otras alquimias), es capaz de transformar a la mujer, a la libélula, a la crisálida en Cristal de Murano (la más exquisita, fría y hervorosa de las piedras), en vencedora del fiero dragón, del macho, machista y nachista; hermano gemelo del afilado acero misógino sin que, naturalmente, ni ella, ni su libro, ni el lenguaje en su libro profesen la misandria.
Lejos de la honesta Calipso, la truculenta Circe puede, si en su cabeza lo quiere, que también ocurra lo contrario, y el afilado acero (el homus ofi-cínico ) sea asolado por la fría y hervorosa piedra. Todo el libro prefigura el escenario por donde el macho, machista es arrastrado de las mechas por la soberbia futilidad del semental.
A las infinitas categorías del macho domesticado, Yelba Clarissa, agrega la edad del hombre vapuleado por la cristalografía.
La rosa de murano deviene escarnio; escarmiento del oficiante en la profundidad de la estrella. De ese material (mujer y hombre, unicornio y gruta símbolos antípodas y complementarios, inevitable amalgama), está tejido el libro de esta mujer hastiada de ser Penélope, desencantada de las falsas Nausica. Verdadera Aurelia, su poder cognoscitivo proviene de su visión sensorial del entorno. Al hombre (al lector Ulises) solo le queda, en la medida de lo posible, tratar de comprenderlo. Tal como se comprende el fulgor de una pájara amarilla.
Hasta aquí donde concluye lo que vine a decir, o estoy diciendo o leyendo, no logré localizar a mi viejo poeta alemán y metalúrgico (pensé que era Von Kleist, o Hôlderlin; Zweig me avergonzó), pero me topé con Hiperión a Belarmino: “Una sonrisa tras la que se oculta la devoradora grandeza del espíritu, es poco y es mucho, es como una fórmula mágica, que oculta la vida y la muerte en sus ingenuas sílabas, es como un agua espiritual que brota de lo profundo del monte y nos comunica la fuerza secreta de la tierra en sus gotas cristalinas”. Eso es la poesía de mi Adama, una inteligencia (un intelligere) de su tiempo-persona y del tiempo mujer-hombre, aquí y ahora.
Para los que no crean en la exposición teorética del mundo corporal, o no logren, a pesar del esfuerzo, superar mi incapacidad expositiva, será bueno, reparar en algunos de sus aforismos:
“Quiero entender la espina/ descifrar la llaga que dejó la invisibilidad del fuego.
“No hay salas de espera en la cuerda infinita del tiempo.
“La buhardilla de mi cráneo nunca está sin inquilinos.
“La luminosidad de mi universo inhalada por una luciérnaga moribunda”.
Alejada del mundo pacato, mortecino, menguado y doméstico de cierta poesía escrita por mujeres y hombres en Nicaragua, en el siglo XX y XXI, este anverso al que solo quiero asomarme, constituye la poesía de Yelba Clarisa. Su reino invertebrado se alza bajo el lictor de la erometaforización del mundo, especialmente, ahora que el precio de la metáfora falaz está a la baja. Ésos subterráneos de zafiro recorren su palabra que es su cuerpo, y su cuerpo que es su palabra, cada uno en lo suyo que es lo mismo del otro, tal como habría dicho, sabia, santamente, el padre Ángel Martínez Baigorri, S.J.
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