Del miedo a la boca

Ese día Mirta y José salieron furtivamente para la ciudad, se escapaban de la casa, subieron al vehículo y se enfilaron para la ciudad más cercana, Nindirí, para tomar algo y refrescar la agitada mente. Se dirigieron hacia un bar de respetable aspecto la “Cantina bar de la negra”, se tomaron un vaso de whisky, lo cual relajó mucho sus estados de ánimo.

Bayardo Quinto Núñez

Ese día Mirta y José salieron furtivamente para la ciudad, se

escapaban de la casa, subieron al vehículo y se enfilaron para la

ciudad más cercana, Nindirí, para tomar algo y refrescar la agitada

mente. Se dirigieron hacia un bar de respetable aspecto la “Cantina

bar de la negra”, se tomaron un vaso de whisky, lo cual relajó

mucho sus estados de ánimo.

La cuestión es que, Mirta y José se besaban insaciablemente, lo

cual no fue agradable, dado que José poseía una lengua muy

áspera pero respetuosa. Mirta acariciaba su cabello y descubrió

que tenía puesta una peluca, y se preguntó: “Pero bueno, puede que

no le guste su pelo…”

En ese momento Mirta decide también tocar su cara para quedar

bien y se sigue sorprendiendo porque sus vellos faciales pinchan

más de lo debido, llegando al clímax del momento se levanta

triunfante al escuchar sus sonidos naturales y me dice con una voz

muy poco femenina: “Papi, espero que tengas la flauta lista para la

noche para que disfrutemos de esas melodías fabulosas”.

Mientras reposaban Mirta se preguntaba: “Me va a destrozar, me va

a matar, Me va a romper el invicto, pero ni modo tendré que

soportar”.

José, tambaleándose por lo ebrio, se pregunta: “Por qué en la boca

del miedo, por qué me estaba besando…, y… y me gustó”.

La vida continuó, nadie se murió ni hubo descontentos, y fue un

sabor único en ese tiempo. Al día siguiente tuvo para ella una

desconocida dulzura y hubo recíprocos juramentos que nunca se

cumplieron, pero todo quedó en la mente transparente como el

espejo que nunca olvida el rostro.

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