Mercedes Gordillo
Después de analizar el caso de una multa bancaria, buscando alguna explicación que mi mente pudiera entender considerando mis escasos conocimientos bancarios comunes en nuestra sociedad, he decidido compartir esta experiencia a fin de prevenir a los adeudados su responsabilidad al momento de cancelar su compromiso.
Sucedió recientemente: hace 21 años mi familia y yo adquirimos una deuda que pagamos por 21 largos años puntualmente con escasos abonos al monto del préstamo, porque la mayoría de los pagos era para intereses. No deseo hacer números pero creo que abonamos el doble o más de la cantidad adeudada. Los primeros años recibíamos estados de cuenta, llamadas telefónicas, incluso amenazas y multas si ocurría un atraso. Suponemos que esta misma modalidad es utilizada por todas las entidades bancarias del país, supervisadas por una institución reguladora.
Para no complicarnos la vida no mencionaré el nombre del banco involucrado, podría traernos otros problemas insospechados, pero eso sí, me sobran deseos. Hace bastante tiempo dejamos de recibir los dichosos estados de cuenta sin saber la razón, porque no hemos cambiado de dirección ni de país. Para no perder la fama de personas “buenas pagas” rigurosamente nos hemos preocupado por abonar las cifras indicadas por cajeras y funcionarios. Sin embargo, para nuestra desolación notábamos que aún estábamos lejos de cancelar.
Al paso del tiempo, aburridos al creer que jamás terminaríamos con aquella penosa deuda, un día tuvimos la curiosidad de saber cuánto debíamos después de tantos años. Hablamos con un alto funcionario encargado. Y aquí viene lo bueno de esta experiencia que todavía escuchamos como canción:
—Señora, dijo una voz amable: ustedes solamente deben mil y pico de dólares y continuó: si yo fuera ustedes pagaría el total de una vez, de ese modo se ahorrarán el próximo pago mensual.
No podíamos creer lo que decía el alto empleado. Por nuestras mentes pasó el larguísimo tiempo presionados por la responsabilidad adquirida. Sin pensarlo dos veces salimos disparados hacia la oficina principal con los últimos recibos, solo para confirmar preguntamos en caja el total de la cantidad que debíamos. La encargada señaló el monto, pagamos con rapidez. Debo decir que al recibir el papel de cancelación sentimos una honda sensación de libertad y satisfacción por haber podido cumplir el compromiso.
Pero en nuestro país todo puede suceder, aun las cosas más raras e insospechadas. La primera llamada del banco ocurrió justamente un mes después de la cancelación. Un mediodía, precisamente a la hora de almuerzo, recibí la comunicación telefónica:
La estamos llamando del banco tal, para informarle que usted tiene pendiente un pago en su cuenta, —“Rogamos su cancelación para evitarse multas e intereses”—. Traté de no alterarme y de la mejor manera que pude contesté pacientemente:
—Usted está equivocado dije, nuestra deuda está cancelada—.
Dos días después se repitió la llamada a la misma hora, con la misma historia. No quise repetir lo mismo, decidí más bien no hacer caso y suavemente puse el aparato en su lugar. Lamentablemente ocurrieron dos llamadas más. Hastiada por la insistencia, pero lista a protestar, en una última ocasión llamó otra persona dispuesta a explicarme la situación con cierto disgusto: —Usted tiene razón: ya pagó su saldo, sin embargo, agregó, cometió el error de no informar que estaba cancelando antes de tiempo—. Tiene una multa que podría generarle intereses si no paga inmediatamente. Disculpe señora dije, nadie nos informó que debíamos hacer eso. Asustada pregunté la cantidad, esperando oír cualquier suma, dijeron: doce dólares con cuarenta y cinco centavos (US$12.45). Porque los bancos jamás pierden. La autora es escritora nicaragüense