Casi en todos los países del mundo, si no es que en todos, hoy o en otras fechas se celebra el Día de la Madre o se le festeja de distintas maneras. Celebración que no es de ahora, pues se trata de una costumbre ritual que se viene practicando desde la más remota antigüedad.
Ya en la época primitiva de la sociedad, para honrar debidamente la condición materna se creó el concepto y la figura de la diosa madre, que el cristianismo perfeccionó mucho tiempo después, en el siglo V de nuestra era, con el Dogma de la Maternidad Divina de María, Madre de Dios y de la humanidad.
Desde tiempos remotos, de manera empírica la gente aprendió lo que la ciencia explicó posteriormente: que la especie que no se reproduce, se extingue o tiende a la extinción, y que la condición para la reproducción de la especie humana es la maternidad. Por supuesto que la paternidad también es indispensable, porque mujer y hombre son complementarios, pero es la maternidad la que carga con la grandiosa responsabilidad del embarazo y después con la del amamantamiento vital y la mayor tarea en la crianza de los hijos. Por lo tanto la madre merece la mayor consideración familiar y social.
La devoción a la madre se ha cultivado aun en los peores momentos del azaroso proceso de desarrollo del género humano, incluso a pesar del patriarcalismo, que es una condición de desigual e injusta distribución del poder conyugal, familiar y social entre hombres y mujeres, en beneficio del varón. El culto a la madre se practicó en las formaciones económicas y sociales de la comunidad primitiva, el esclavismo y el feudalismo, y se ha practicado en el capitalismo en todas las etapas de su desarrollo. El reconocimiento a la madre se mantuvo y se ha mantenido incluso en la sociedad comunista que se trató de construir o imponer en algunos lugares del planeta, como Rusia y sus satélites en el pasado y Cuba y Corea del Norte en la actualidad, a pesar de las utopías sociales y aberraciones políticas del sistema.
Paradójicamente, es en la actualidad —cuando como nunca antes se ha podido avanzar en la conquista de mayores espacios de igualdad de la mujer con respecto al hombre y de la madre en relación con el padre, en los ámbitos familiar, social, económico y cultural—, que han surgido los mayores peligros y amenazas contra la maternidad. En efecto, con el pretexto de la libertad de opción sexual; de proteger a la familia desde el poder del Estado y la influencia de los partidos políticos; y de la buena intención de resguardar a la mujer de las agresiones y acechanzas del hombre, reales y supuestas, en cada vez más países se está legislando o pretendiendo legislar en detrimento del matrimonio natural y tradicional de hombre y mujer, de la familia ancestral y contra la maravillosa facultad de concebir, de procrear y de preservar y prolongar la especie humana.
En estas circunstancias, la Iglesia católica y demás denominaciones cristianas están librando una titánica lucha en defensa del matrimonio de mujer y hombre, de la familia fundada en la unión de varón y hembra, de la maternidad de la mujer como don de Dios y maravilla de la naturaleza. Una lucha encomiable y necesaria que vale la pena respaldar.
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