Adolfo José Acevedo Vogl
Economista
El desarrollo de la capacidad tecnológica nacional es lo que hará posible la constante diversificación de la economía hacia actividades con mayor valor agregado y contenido tecnológico, indispensable para generar empleos de cada vez mayor calidad.
El avance de los “cuatro tigres” de Asia desde la retaguardia también supuso una labor de educación y aprendizaje en gran escala. En los países en desarrollo es una ilusión creer que puedan lograrse avances significativos sin esfuerzos equivalentes.
En las actuales condiciones el fortalecimiento de la capacidad de aprendizaje individual y social para generar riqueza constituye un modo fundamental de aumentar el potencial de desarrollo. Por ello, la tecnología debe ocupar un lugar central, y no periférico, en las políticas de desarrollo.
Esto exige una reformulación completa tanto de los sistemas de educación y capacitación como de las políticas de ciencia y tecnología.
En este campo, como en todos, se debe comenzar por lo básico. El desafío inmediato fundamental es proporcionar a todos los niños y adolescentes con un umbral básico de educación de calidad, que los habilite con los conocimientos y destrezas indispensables para poder insertarse con mejores posibilidades en estas nuevas condiciones.
La meta sería asegurar que se logren cursar un número promedio de años de escolaridad que como mínimo se eleve a entre nueve y 11 años, además de la universalización de la educación preescolar de tres niveles (para niños y niñas de 3 a 6 años).
Al mismo tiempo, más allá de los umbrales básicos de educación general de calidad, el propio proceso de continua mejoría, desarrollo y diversificación del aparato productivo irá presentando exigencias específicas en términos de personal más calificado y especializado.
Por ello, los planes y estrategias educativas no pueden formularse al margen de la estrategia y planes de desarrollo y transformación productiva y de desarrollo de la capacidad tecnológica del país.
Con respecto a la necesidad de impulsar con fuerza la educación técnica, cabe aclarar que la misma no es equivalente a la formación vocacional o la enseñanza de oficios que permitan a los jóvenes integrarse cuanto antes al trabajo.
La educación técnica debe responder a la demanda de técnicos especializados en distintos campos de la producción agropecuaria, agroindustrial o industrial, o del desarrollo de los servicios de apoyo a estas actividades.
Quizá la manera más conveniente de otorgarle a la educación técnica la prioridad y el estatus que amerita, la cual se verá remarcada por el impulso del cambio estructural, sea la creación de institutos técnicos especializados.
Estos institutos darían una salida de la educación media hacia la educación técnica. Deberían mantener una estrecha relación con los sectores productivos, y de esta manera podrían facilitar la conexión con el mundo del trabajo.
En lo que se refiere a la educación terciaria, la misma debería reorientarse también hacia las prioridades de la estrategia de cambio estructural. Por el momento, la misma está generando predominantemente graduados en profesiones orientadas a los campos en que el mercado de trabajo ha mostrado hasta ahora mayor demanda. Sin embargo, parece existir evidencia de que el mercado para graduados universitarios se está saturando.
La evidencia que apunta en esta dirección se encuentra en el hecho de que el número que, según la Encuesta Continua del Inide al III Trimestre de 2011, existía en ese momento aproximadamente era 142,000 graduados universitarios desempleados o subempleados. Además, las sucesivas Encuestas de Medición del Nivel de Vida muestran la declinación sucesiva del ingreso real de las personas con educación universitaria.
Lo que esto estaría indicando es que el actual patrón de crecimiento, de baja intensidad tecnológica, y que genera mayoritariamente empleos de baja productividad, no demanda mucha calificación, y el aumento en el número de personas con mayores niveles de escolaridad está reduciendo el retorno que se obtiene por años adicionales de educación. Este punto es importante porque podríamos estar en presencia de un proceso de devaluación de la educación.
El proceso de cambio estructural implicaría por el contrario un marcado aumento de la demanda de personas calificadas a todo nivel, incluyendo personas con estudios de nivel superior (postgrados, maestrías y doctorados) capaces de llevar a cabo los procesos de investigación al más alto nivel y de gestionar los problemas más especializados que conllevara este proceso.
Todo esto conllevará sin embargo cambios en la estructura y la composición de los perfiles profesionales y técnicos demandados, orientándola más hacia las ingenierías y otras especialidades más vinculadas a los requerimientos del proceso de cambios en la estructura productiva.
Finalmente, el desarrollo de la capacidad tecnológica nacional requerirá la reconstrucción y desarrollo de la capacidad de investigación tanto básica y aplicada a la solución de problemas específicos.
El gasto en Investigación y Desarrollo (R&D), junto al número de investigadores por cada millón de habitantes, representan los indicadores más utilizados para comparar la capacidad tecnológica y de innovación de los países.
Cuando uno aprecia estos indicadores, queda en evidencia la razón del enorme rezago tecnológico que ha venido acumulando el país: Nicaragua sencillamente no ha venido haciendo, a lo largo de las últimas décadas, algún esfuerzo mínimamente apreciable para superarlo.
El desarrollo de la capacidad tecnológica del país demandará un esfuerzo equivalente al que han hecho los países que han logrado superar o reducir dicho rezago.