En 1979 Ortega llegó al poder bajo un ambiente de intensa oposición a una dictadura de más de cuarenta años. Tanto la URSS como la administración Carter de los EE. UU. apoyaban a la Junta que él lideraba. Ortega contaba con una sociedad internacional lista a prestar una ayuda más que proporcional a la calidad y capacidad de nuestro potencial de desarrollo. En ese momento Daniel Ortega fue la esperanza de muchos nicaragüenses.
Fue la carencia de valores; la falta de honorabilidad y moralidad, el desconocimiento de la gloria de servicio, la visión cortoplacista y egolátrica, el desinterés por el legado de la administración pública, el desprendimiento de la buena reputación, lo que hizo crear a Ortega su propia tragedia y, como consecuencia, la desgracia de nuestro pueblo. Ortega trató de apaciguar con fuerza brutal nuestra crisis doméstica y corrompió, en vez de transformar y promover, nuestras maltratadas instituciones.
La arrogancia y la crueldad del Ortega de ayer no debe confundirse con indiscreciones de juventud, ingenuidad, ignorancia o concepciones dualistas. Ortega no era un jovencito con un libro de Marx en las manos, soñando en utopías. Este era, desde entonces, una fiera política dispuesta a marcar su territorio en toda la República de Nicaragua.
Desde muy temprano Ortega demostró que su entusiasmo no era por ideologías, sino por acrecentar su órbita económica de oportunidades. Su simulado aborrecimiento a los Estados Unidos respondía a la idea de que el odio es un agente poderoso de unificación de masas. Un Ortega joven abrazando a Karl Marx o un Ortega mayor acarreando un libro de Adam Smith (padre del capitalismo) en sus manos no hace la diferencia.
Hoy Ortega tiene la misma carencia de valores que ayer. Su falta de honor hoy le permite prescindir de lo moral, exhibiendo total desatención a toda norma establecida, comenzando por la Constitución Política de la República. Su desconocimiento de la gloria de servicio persiste. Nicaragua es el segundo país más pobre del hemisferio occidental, y es en la acción de ayudar al bienestar social y el desarrollo de la justicia lo que mejor define la gloria del servicio público. Su visión sigue siendo cortoplacista y egolátrica. Sirviendo a unos cuantos “señores” y enriqueciendo desmesurada e irresponsablemente a su familia, se acerca al caótico desenlace de todo dictador. Las acciones, ideas y tradiciones de los tiranos no es legado deseable. Ortega no podría representar una reputación más adversa.
Cómo, pues, encontrar —bajo estas condiciones— la ruta a seguir para construir un país mejor cuando el presidente es ilegal e ilegítimo; cuando su arrebato al poder acentúa los quebrantos estructurales de nuestro sistema político, económico y social; cuando este dictador de turno, de manera invariable e inevitable, nos lleva por el sendero más insufrible al mismo tope infernal contra el que tropezamos recurrentemente —cada vez de manera más violenta— en el trayecto de nuestra historia.
Cómo encontrar esa ruta, cuando el hacer negocios en Nicaragua requiere de asociaciones con criminales comunes y el mayor triunfo empresarial lo logran, con exclusividad, los empresarios políticos; cuando no existe separación de los poderes del Estado, ni un sistema de controles y contrapesos y el dictador actúa inspirado solamente por un incremental y vergonzante servilismo que es el reflejo de la codicia o la desesperación; cuando el aparente equilibrio macroeconómico es la reflexión de virtuales manipulaciones estadísticas y de reales miserias humanas.
Hoy Ortega no es pragmático, ni ayer fue idealista. Hoy tiene su territorio marcado y es más peligroso que ayer. El autor es economista y escritor
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A