Carmen “toreó” a la muerte. Desafió al hombre hasta provocar la sentencia que la llevó a la muerte.
A lo que debo referirme, reconocidas otras particularidades del rico y colorido espectáculo es al “rol” de la protagonista, puesto en las dotes de la primera cantante solista del Teatro Lírico Nacional de Cuba, Maité Milian.
Satisfizo la encomienda del guión en la que aparece una mujer bella y coqueta. Ella de torera con el arma de sus encantos.
Cuántas mujeres como ella existen en el mundo. Pareciera que el carácter festivo del personaje cabe con mayor soltura en el temple de una artista del caribe ardiente y bohemio siendo en la vida real una circunspecta pedagoga. Precisamente por ser una excelente intérprete y por llevar la sangre del trópico no requería mucho esfuerzo para hacer la traslación de su personalidad en el tablado, porque la ópera como todos sabemos es un teatro cantado donde son necesarias no solo las cualidades líricas y la puntualidad con la tesitura encomendada, sino que el gesto, la expresión, el movimiento en acorde con los indispensables acompañantes del foso.
Todo eso estuvo en el repertorio de formas de esta estrella que llamó la atención como la primera actriz y cantante impregnada del humo nocturno de la taberna.
Ciertamente —y en esto hay tanta coincidencia— no hay nada más que agregar a las opiniones dadas sobre la escenografía y otras índoles complementarias. Pero sí hay mucho que decir de Carmen, hembra danzarina de sobaco abierto, de piernas extrovertidas, de castañuelas tiradas al viento, de corazón libre que paralizó el puñal filoso en celos de José, ruidosamente aplaudido en una excepción solamente admitida en el arte. Rayas milagrosas de la ópera donde se oye el canto y no se ve la sangre.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B