Para leer hace falta querer hacerlo. Para querer necesitamos costumbre, curiosidad y medios para adquirir un libro.
Allá por los cuarenta, cincuenta o sesenta del siglo XX, pequeños lectores aguardábamos impacientes los paquines: historietas con dibujos animados de personajes inolvidables: Patorucito, El fantasma, Mandrake el mago, Superman y los Cuentos de hadas . El peneca traía episodios culturales de Ivanhoe, Lautaro el araucano y otros personajes. Llegaban al país las revistas Leoplán, Bohemia, entre otras. Se leía el Almanaque Bristol que informaba el santoral para saber el nombre que muchos padres pondrían a sus hijos. Los cancioneros, con letras de boleros, rancheras, tangos. Este material venía de Argentina, Chile, México o Cuba. También la clase media leía Selecciones, de EE. UU. Junto a las edades los gustos fueron cambiando, llegaban paquines más modernos: La pequeña Lulú y la maravillosa Mafalda , rebelde socialista junto a su amiga íntima Susanita de extrema derecha. Vanidades , de Cuba, publicaba las novelas rosas más tontas que ha producido la literatura, escritas por Corín Tellado. La autora más prolífera y cursi falleció recientemente, famosa y adinerada. Algunos adolescentes preferían un romanticismo más serio y sentimental: María, de Jorge Isaac; Los cuatro primos, de Rafael Pérez y Pérez. En calles y mercados se podían comprar buenos libros de segunda mano, además existían vendedores ambulantes.
Al llegar a los 18 o 20 años se iba formando cierto orgullo intelectual, un muchacho o muchacha solían preguntarse: —¿ya leíste a tal autor?— Si no lo habías hecho corrías a buscarlo, de lo contrario estabas desprestigiado. En las universidades pasaba lo mismo, no leer a Sartre, Marx, Camus, Freud, incluso La metamorfosis de Kafka, o a Tolstoi y Dostoievski y aun no conocer a Cortázar significaba ser inculto, poco inteligente o bruto y no estar in.
Sin duda el libro más leído es la Biblia, especialmente por la cantidad de sectas con pastores dedicados a “La Palabra”. Actualmente la religión católica recomienda su lectura y estudio.
Lamentablemente la curiosidad, ese gusto por saber se ha perdido en forma galopante, entre otros motivos por la aparición de telenovelas que hacen llorar por las injusticias y las intrigas que padecen las heroínas. En los años cincuenta la telenovela Simplemente María hizo estragos en la población.
En Nicaragua existen serios problemas contra la lectura: nuestra pobreza y atraso, es muy difícil que los pobres se interesen en leer porque tienen hambre. Hay campesinos que jamás han tenido un libro en sus manos. Pareciera que la lectura estuviera destinada a los altos estratos sociales. En colegios y universidades ya estudian literatura nicaragüense especialmente a Darío y otros importantes escritores. Los libros son muy caros de publicar y vender y a los empresarios por lo general no les interesa patrocinar publicaciones, con algunas escasas excepciones. Por lo general las librerías venden más libros de escritores extranjeros y nacionales de moda. También conozco a muchas personas pudientes que solamente se interesan en la vida de la realeza europea y compran revistas carísimas dedicadas al tema.
Afortunadamente en nuestro país han existido muchas personas de alto nivel interesadas en la cultura y el saber: destacados intelectuales que han dado grandes aportes a nuestra sociedad, así como la herencia poética de don Rubén Darío, quien ha producido multitud de poetas, también existen espléndidos narradores.
Creo que las personas involucradas en la escritura estamos obligadas a fomentar permanentemente el amor a los libros. Ahora existen programas de lectura infantil para que los niños comiencen a enamorarse de la imaginación, quizás esa sea la mejor manera de inducir a la necesidad de saber, desde los primeros años. La autora es Escritora nicaragüense
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