Orlando López-Selva

De los Andes a los Apeninos

Cuando Mario Giuseppe Bergoglio llegó a Buenos Aires a principios de los años 30 del siglo pasado, es probable que sintiera mucha nostalgia.

¿Sentiría tristeza al ver a sus padres despidiéndole en el puerto? ¿Estaría preocupado por los desbarajustes de su país convulso? ¿O anhelaría estar con la raggazzina que quiso besar y apenas atisbaba a la salida de una gótica iglesia? ¿O pensaría en su nonna, a quien nunca más oiría hablar en dialecto piamontés?

¿Habría alguna vez leído el cuento de Edmundo D’Amicis: “De los Apeninos a los Andes”? El relato es sencillo y conmovedor; gira en torno a un niño —Marco— ansioso por encontrar a su madre, que había partido de Italia a Argentina.

En la realidad que hoy vivimos, la trayectoria de Jorge Mario Bergoglio, el hijo mayor del emigrante italiano, es a la inversa.

Ahora Jorge Mario es el nuevo papa. Y confieso que cuando lo vi, ya elegido, en TV, me sorprendí: ¿Un papa argentino?

Pero Francisco, hasta ahora ha demostrado ser un hombre humilde, sencillo, natural, sin ostentaciones.

El nuevo pontífice del Vaticano no solamente es un pastor de una grey numerosa; es también el gobernante de un Estado. Y como jefe de Estado del Vaticano tiene varios retos harto difíciles ante sí: 1) conciliar a una humanidad cada día más amenazada por espadas exterminadoras de plutonio y uranio; 2) intentar acercar al Oriente con Occidente, a fin de evitar el cataclismo vaticinado del “Conflicto de las Civilizaciones”; y 3) infundir fuerzas para que en Latinoamérica no se instale una Federación de Estados Autoritarios, siendo este un continente fértil para aquellos que compran conciencias fácilmente y venden paraísos de zombis (¡ver Corea del Norte!), a cambio del poder absoluto para los dictadores.

Creo que esas tres tareas son obras más de fe que de habilidades humanas.

Desde la perspectiva política internacional, el Vaticano está bien armado: ellos inventaron la diplomacia; saben manejar con maestría los temas filosóficos y éticos; tienen relaciones con casi todos los países del planeta (¡aunque algunos Estados del Asia les recelen!); son una megapotencia respetada y conciliadora —aunque en otros tiempos tuvieran ejércitos fornidos y legiones que combatían más allá de sus extensos feudos—; y con mucha sutileza han roto el principio de soberanía nacional al tener entre sus ciudadanos de la fe a millones de hombres y mujeres repartidos por todo el orbe. Sus púlpitos, encíclicas y caridad son armas de persuasión masiva.

Asimismo, el colegio cardenalicio es el mejor cuerpo asesor del mundo, por ser ministros que todo escuchan, todo atestiguan; y provienen de todas las culturas y puntos cardinales del globo.

Además, el Vaticano, a pesar de ser un Estado geográficamente minúsculo, no es cualquier Estado. Es un feudo de 2,000 años de experiencia, que ha acumulado sabiduría; es omnipresente por sus gigantescas columnas de curas y monjas esparcidas por la Tierra; y aliado de un Dios universal y justiciero.

De todos modos, la tarea de pregonar fe y evangelios, sumada al manejo de un Estado moderno enraizado en lo mundano, es una carga pesadísima para un solo hombre.

Ciertamente, el Vaticano en sí es un museo hermoso, impresionante. Pero la Iglesia de Pedro no puede ser galería, ni carabela anclada de marineros que hablan un latín alejado del mundo al que quieren salvar. No obstante, estoy muy seguro de que este papa humilde le va a dar nuevos giros a la Iglesia católica, sin que deje de ser piedra angular.

Y Bergoglio sí sabe vivir: hace el bien sin alardear, defiende sin atacar, atrae sin convocar, lidera sin sojuzgar.

En lo poco que hemos visto del papa, se ha destacado sin dejar de ser una persona normal, pues gusta del tango (¡seguramente de joven hablaba en Lunfardo!), viaja en bus, ama el futbol, camina por Buenos Aires, lee a Borges, come bife y pasa tiempo con los más necesitados.

Pero, cuando Francisco vuelva a su… Buenos Aires querido…, sentirá esa saudade natural en todos los seres humanos: recordar un pasado de tantas alegrías en la niñez.

Ahora es un hombre con una extraordinaria misión, que llegó de los Andes a los Apeninos.

Cuando su padre arribó a Buenos Aires, después de navegar en aquel barco, seguramente impresionante por su ingeniería, nadie pensaría en Piamonte, que el hijo mayor de Mario Giuseppe sería el capitán de una nave gigantesca.

¡Ojalá que en el camino y obra de Francisco no se interpongan los fanáticos, ni los rencorosos destructores!  

El autor es experto en relaciones internacionales.

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