Claudia Lucía Chamorro Barrios
“Tal vez Ellos no son estrellas en el cielo, quizás existan aberturas desde donde nuestros seres queridos brillan, para dejarnos saber que están felices”.
Leyenda Eskimal
¡A Tolentino con todo mi amor!
A todos los niños del mundo quienes, como él, se han convertido en estrellas que iluminan cada noche y resplandecen durante el día a través de los rayos del sol.
El pasado domingo 21 se cumplió el 17 aniversario del día más triste que he vivido (la palabra tristeza es un decir… su significado va mucho más allá de lo que pretende expresar, para mí, quizás sea vivir el vacío que deja la ausencia…)
La tristeza me ha acompañado muchas veces, pero nunca como el domingo 21 de abril de 1996, cuando Tolentino expiró en mis brazos. La víspera, cuando sentía que se le agotaba el oxígeno y casi no podía respirar, se incorporó para abrazarme, besarme y decirme que era “la mejor mamá del mundo” y, acto seguido, me pidió permiso para dormirse…
Nunca se lamentó de su destino. Ocupó sus últimas energías para sellar con mucho amor y sabiduría el pacto que meses atrás habíamos convenido mientras hablábamos de su muerte inminente: “Mamá —dijo él— no quiero que estés triste cuando yo me muera, no quiero que te vistás de negro, ni te encerrés en un cuarto como hacen algunas personas”. Y sacando fuerzas del fondo del barril, no tuve más que pactar: “Tolen, no puedo prometerte que no estaré triste porque no puedo imaginarme la vida sin vos, pero sí te prometo que cuando me sienta derrotada por tu ausencia, me fortaleceré en tu recuerdo que vivirá siempre en mí”.
Nunca se quejó del dolor, tampoco lloró, aunque sufrió lo insufrible; jamás fue sedado para que no sufriera, no lo habría permitido. En septiembre de 1991, cuando apenas había cumplido 10 años, fue diagnosticado con una Leucemia Linfocítica Aguda y entonces nadie podía imaginar que su calvario apenas iniciaba. Murió ese luminoso y primaveral domingo tres meses antes de cumplir 15 años, en el Johns Hopkins Hospital de Baltimore, donde pasó buena parte de sus días durante ese largo y doloroso período, hasta encontrar la paz necesaria para que su voluntad se rindiera ante la muerte.
Y se fue precisamente cuando tuvo claro que su destino era convertirse en una fulgurosa estrella cuya luz abonara la tristeza que dejaba atrás. Meses antes, utilizando el dibujo de un personaje a quien bautizó como Tolino, que no era más que su alter-ego, un auténtico vencedor capaz de hacer lo que a él no le permitía su lastimada humanidad, se vio a sí mismo montado en un globo de su imaginación que incluso construyó con parches y sin más motor que el de su voluntad, diciendo adiós a dos manos, listo para viajar por un cielo limpio e iluminado por el sol de la mañana y recorrer el mundo que quería conocer, hasta diluirse y convertirse en una hermosa y brillante estrella.
¡Y allí reside mi fortaleza para seguir aprendiendo a vivir sin él! La autora es escritora