José Antonio Zarraluqui
En América Latina sobresale esa parte que es la América peor. No es que adopte posiciones discutibles por lo atrevidas, ni caiga en situaciones temerarias como resultado de ideas novedosas, ni que padezca el sarampión propio de revolucionarios novicios. Nada parecido. Son gente que quemó ya las etapas rebeldes infantiloides y alcanzó las maduras, que suelen denominar “socialismo del siglo XXI”.
Ahí tuvimos sin ir más lejos a Chávez, que tras cansarse de insultar a judíos y cristianos y llamar al clero “diablos con sotana”, sufrió una conversión y demandó misas y rezos masivos por su salud para que de lo alto se la conservaran y entonces pudiera él seguir sirviendo al pueblo. No mencionemos al comandante nicaragüense, que de excomulgado volvió al seno de la Iglesia de la mano de una bruja, su mujer. Ni a la Cristina, que tras las reiteradas negativas a recibir a Jorge cardenal Bergoglio, cuando este devino papa, corrió a Roma para encargarle la reversión de las Malvinas. (En el referendo que acaban de efectuar en las Malvinas los partidarios de la jurisdicción británica superaron el sueño de cuantos comuñangas organizan desde el poder referendos o elecciones: el noventa y tantos punto noventa y tantos por ciento de los votos.) Tampoco vale la pena referirnos al tonto que dándoselas de guaperas y leído y escrito consiguió ser reelecto en Ecuador. Y menos al idiota sin complejos que desde la indómita Bolivia resolvió transformar el mundo mediante hábitos alimentarios novedosos y el consumo de alucinógenos recreativos.
La América letrina siempre está en carnaval. Bueno, plegarias y jaculatorias no pudieron impedir que el presidente bolivariano y benefactor de la humanidad entregara su alma a Belcebú, allá se esté con él por los siglos de los siglos. Pero tampoco impidieron que, violando la propia bicha del golpista, es decir, su propia tramposa constitución, designara a última hora a quien no correspondía y en menos de un mes el impostor diera otro cambiazo en las urnas con la tremenda experiencia que heredaba al respecto (siendo además el delfín de La Habana, que es quien en definitiva corta el bacalao en Venezuela). Pero algo de confusión se produjo. Cuando Maduro reveló que un pajarito revoloteaba en torno a su cabeza para ungirlo y darle instrucciones, el mundo entero no pudo menos que pensar que se trataba de Raúl Castro. Pues no, resultó que era el mismísimo Hugo Chávez que soltaba plumas y trenos, trinos a los que correspondía con los propios Maduro.
Ahora un babalawo cubano dice que tras la pudrición de Chávez su sucesor madurará a la carrera y sin buenas perspectivas. Porque al tipo, que se hizo lo suyo en Cuba, los orishas nunca le auguraron éxito. Y para colmo su signo es el del cangrejo, un animal que no tiene cabeza y camina de lado. Aunque tampoco hay que dar nada por cierto: aturden tantos piares de pajaritos.
El autor es analista político cubano. ©FIRMAS PRESS
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