Ezequiel D’León
El hábito de escribir nos regala muchas veces una actitud de permanente observación de lo que acontece a nuestro alrededor durante el día. Quizá, de pronto, en la calle, nos aparece una visión de lo que puede llegar a ser un texto narrativo o un verso, no se sabe.
La mente de quien escribe puede llegar a cultivar esta vital actitud de cazador de imágenes, esta actitud de estar alerta al regalo de cada día. Para esto, quien observa afila un sentido agudo de asociación de eventos y emociones, valoraciones repentinas que van hilándose en la cautelosa observación. Muchas veces me he encontrado con personajes reales que me enamoran para escribir un relato completo en circunstancias un tanto imaginarias. Pero aparecen siempre justo a tiempo y encajan como piezas de un agradable rompecabezas.
“Cada día me trae un vestido de sorpresas y un nuevo fuego a mi fuego interno”, podemos confesar con Vicente Huidobro. Y es que no hay una división en el fondo tan marcada entre quien observa y lo observado, porque nuestra mente filtra en sus propios códigos la realidad.
Alimentamos el día entonces con este afán de cazar momentos, de vivir experiencias que se traduzcan en escenas y frases. Por eso se ha dicho a veces que no conviene mucho contarle nuestra vida privada a un escritor, pues tomará lo que le sirva y hará una estructura creativa con esos elementos que más calcen.
Porque al final de cuentas, tras el hecho de escribir, hay una actividad interior de asombro muy cercana a la experiencia de descubrir lo nuevo, la experiencia de encontrar una pieza perdida, hallar justamente la concha que nos hacía falta en nuestra colección marina.
Terminamos diciendo otra vez con Huidobro: “Hay una esperanza devoradora, un presagio de cumbre tocada con las manos, un presagio ascendiendo como una flor de sed”. El ojo tiene sed, el corazón tiene sed y renacen en cada cosa nueva que encuentran y ven, renacen en el pretexto de cazar piezas perdidas que se han vuelto a encontrar para la escritura.
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