“El cultivo del cacao constituye la ocupación más lucrativa, y a la vez agradable y aristocrática, del hacendado americano” (Pablo Lévy).
Cuando el químico ruso Alexander Voskresensky en 1841 logró determinar la estructura química del chocolate, no se imaginó que estaba comprobando lo que los aztecas y mayas miles de años antes ya habían comprobado: que el chocolate era la bebida de los dioses. Así se lo habían ofrecido a Hernán Cortés cuando por razones del destino había llegado a ese lugar fascinante llamado Tenochtitlán. Quienes lo acompañaban, jamás habían visto tantas cosas extraordinarias que ni en los mejores mercados y calles de Constantinopla u otras ciudades entonces famosas del mundo, habían experimentado. Tampoco jamás habían sus bocas saboreado algo tan delicioso y sublime como el yollotlieztli. (Sahagun, Fray Bernardino).
Nuestros indígenas le llamaban además Xocotatl del Náhuatl que significa agua amarga, pero se dice que otra forma de llamarlo era cacahuatl también del náhuatl (agua de cacao) o con el término Yucateca de Chokolatl (Chokol=caliente y atl = agua).
Su consumo en América era milenario y data según estudios de 1100 a 1400 a.C. por trazas encontradas en vasos mayas en Puerto Escondido, Honduras.
Sin embargo, no fue hasta en el siglo XIX que el inglés John Cadbubury desarrolló lo que hoy se conoce como chocolate. Se tiene conocimiento que ya los mayas 2000 años atrás, lo preparaban igual y tan sabroso a como los suizos lo hacen en la actualidad. Pruebas de esto fueron encontradas en algunas vasijas mayas en Río Azul, Guatemala.
Posee dos químicos importantes: La teobromina (del griego theo=dios y broma=comida) y la feniletilamina.
La teobromina está hermanada con la teofilina, un excelente antiasmático y parte del té, y además con la cafeína contenida en el café. Es un excelente estimulador del cerebro, un dilatador de los vasos sanguíneo con su consecuente efecto antihipertensivo y un dilatador de los bronquios.
La feniletilamina, tiene efectos anfetamínicos, psicoactivos (potente estimulador del sistema nervioso). Es un excelente neurotransmisor y un afrodisíaco lo que le ganó el título de “químico del amor” dado por los psiquiatras Michael Liebowitz y Donald F. Klein. Es además un precursor de la dopamina sustancia responsable del amor romántico y de las modificaciones fisiológicas que experimentamos cuando nos enamoramos, según teorías de la doctora Helen Fisher. He allí el porqué de regalar chocolates el 14 de febrero, Día de los Enamorados.
Es abundante en los flavonoles: proantocianidina, epicatecina y catecina antioxidantes, anticancerígenos y magníficos contra el infarto cardíaco, los derrames cerebrales y la demencia.
Según el jesuita misionero del siglo XVI, José de La Costa, era un excelente antidiarreico y curaba el catarro observaciones deducidas de los indios de México y el Perú. No hay duda, aunque no comprobado, que aun en Nicaragua era también usado para tales fines. Tenía más de cien aplicaciones medicinales.
El New England Journal de Medicina (octubre 10, 2012) una de las más reputadas revistas de medicina, publicó un artículo reciente donde asociaba el mayor número de premios Nobel a los países con mayor consumo de chocolate en el mundo, artículo que no dejo de cuestionar pues cuando los Nobel de medicina se empezaron a otorgar, en Nicaragua había la excelente costumbre ya desaparecida y elogiada por muchos visitantes extranjeros, de consumir chocolate caliente como primer alimento al levantarse de la cama, horas antes del desayuno normal. Una costumbre sin duda alguna, indígena que lamentablemente ya desapareció. Demás está decir que el consumo de cacao durante el resto del día era también altísimo y de forma variada en refrescos como el tiste (atextli), pinolillo, leche con cacao, cajetas y lecheburras que dejarían a otro país muy atrás en forma de consumo. Así que Nicaragua, según el artículo del Journal, a estas alturas tendría muchos premios Nobel que todavía no veo en el horizonte de los próximos cien años.
Curiosamente llega a tener un valor mercantil al usarse como moneda hasta casi los primeros años del siglo XX.
Jorge Efraín Squier envidia las haciendas de cacao que visitó en Granada en su viaje a Nicaragua en el siglo XIX y sueña con llegar a tener una de ellas.
He aquí pues algo que produce nuestra tierra en abundancia. Algo saludable, tanto económicamente como desde el punto de vista médico, alimenticio y placentero con que Dios ha bendecido nuestra patria.
Cultivemos y consumamos el cacao con el mismo amor de nuestros antepasados pues con él podríamos erradicar nuestra pobreza y mal vivir. El autor es Médico y Cirujano
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