Bicentenario de Wagner

Hay justa celebración en el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner (1813-1883). El entusiasmo extendió sus tejidos a Miami, la ciudad que no solo bulliciosamente agita sus alegrías en el agua...

Joaquín Absalón Pastora

Hay justa celebración en el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner (1813-1883). El entusiasmo extendió sus tejidos a Miami, la ciudad que no solo bulliciosamente agita sus alegrías en el agua, sino que también dispone de tiempo para darle albergue a la memoria de personajes como el mencionado, polémico por solo el hecho de haber sido admirado, puesto en su pirámide icónica, por Adolfo Hitler en los momentos de mayor compulsión de su rabia política. Pero no debo seguir tocando miserias accidentales como esa, sino al pasmoso creador invocado en las regiones donde se hace apoteosis —contemplativa y activa— al arte puro.

Dentro de esas manifestaciones de ángulos puestos al natural en la cinematografía, está una que valoramos y sentimos: la presentación de la Valquiria que Sebastián Sprens describe “a la rusa” bajo la dirección de Valery Gergiev desde el Marinsky. Se reconoce en el trayecto del despejado camino sonoro a un binomio: Nina Stemme y Jonas Kaufmann. La soprano considerada como la Brunilda intachable, mimo de la idealización femenina del gran maestro alemán. Brunilda y Siegmund, pareja emblemática de la intensidad dramática que clasifican en las voces que nunca se marchitaron. Wagner ha sido honrado con una Valquiria a la que no se le puede pedir más en una exposición que enriquecida por la tecnología digital mostró no solamente a los dos que se robaron el corazón sino al resto del elenco actuante como si su participación tuviese el aliento de brillar con el fulgor de las estrellas.

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