Adolfo Miranda Sáenz
Universalmente es aceptado que el testimonio de dos o tres testigos confiables constituye una prueba suficiente de cualquier hecho. Sobre la resurrección de Jesús hay muchos testigos confiables: los mártires que dieron su vida por afirmar que vieron y conversaron con Jesucristo resucitado. Estaban seguros y por afirmarlo sufrieron despojo, cárcel y muerte dolorosa. ¡No podrían ser más confiables! “Mártir” en griego significa “testigo”.
Varios escritores de la iglesia primitiva (Clemente Romano, Pedro de Alejandría, Orígenes, Eusebio de Cesarea) narran que Pedro murió en Roma, donde fue obispo, crucificado cabeza abajo por mandato de Nerón en el circo de la Colina Vaticana. En cuanto a Pablo, varios testimonios como el de Clemente Romano señalan que fue decapitado en la vía Laurentina de Roma. Sobre el menor de los apóstoles, Juan, señala Papías, obispo de Hierápolis, que fue muerto por los judíos en Éfeso (Turquía) después de regresar de la isla de Patmos donde estando prisionero escribió su Evangelio.
A Santiago (hijo de Zebedeo) lo mataron en Jerusalén a filo de espada por orden de Herodes, según relata el libro de los Hechos. Andrés fue crucificado en una cruz en forma de X en Acaya (Grecia). Sobre Santiago (hijo de Alfeo) el historiador judío Flavio Josefo (no cristiano) dice: “Ananías era un saduceo sin alma; convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio, pues el procurador Festo había fallecido y el sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo entonces que el Sanedrín juzgase a Santiago, pariente de Jesús llamado Cristo y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y los entregó para que fueran lapidados (muertos a pedradas)”. En cuanto a Bartolomé, fue desollado vivo por Astiages, rey de Armenia. Tomás sufrió martirio en la India. Mateo predicó en Judea, donde escribió su Evangelio hacia el año ochenta y después se marchó a Etiopía donde fue martirizado.
Felipe fue lapidado y luego crucificado por los romanos en Hierápolis (Turquía). A Judas Tadeo le aplastaron y partieron la cabeza en Babilonia (Irak). A Simón el Zelote lo partieron con una sierra en Persia (Irán). El historiador griego Nicéforo Calixto refiere que: “Matías, quien completó la docena (sustituyendo a Judas Iscariote) desembarcó en Etiopía y después de haber llevado multitudes a Cristo, con valor recibió la corona del martirio”.
Además de los mencionados apóstoles hay otros mártires; el primero fue el diácono Esteban, muerto por lapidación. Muchos vieron personalmente a Cristo resucitado, pero además están los centenares que dieron la vida por afirmarlo sin verlo, pues el testimonio de quienes sí lo vieron y les predicaron merecía su absoluta credibilidad: ¿cómo no iban a creer en quienes sellaron con su santidad y su sangre lo que predicaban?
El martirio de los primeros cristianos es relatado por historiadores paganos como Plinio el Joven (62-114), Tácito (55-120), Suetonio (70-128) y Luciano de Samosata (125-181). ¿Acaso la sangre de aquellos mártires no es suficiente prueba de la resurrección de Cristo? Jesús dijo a Santo Tomás: “Crees porque me has visto. ¡Dichosos los que crean sin haberme visto!” (Juan 20.29) El autor es abogado, periodista y escritor. www.adolfomirandasaenz.blogspot.com