Resultados del modelo de crecimiento “hacia afuera” de AL

Para los años noventa la mayor parte de países de la región se había comprometido con el impulso de programas de reforma que incluían la desarticulación de la intervención del Estado en la economía, el desmantelamiento de la protección de la producción doméstica y la desregulación de los mercados, especialmente del mercado financiero, mediante la eliminación de los topes de cartera y la liberación de las tasas de interés.

Adolfo Acevedo Vogl 

Economista 

Para los años noventa la mayor parte de países de la región se había comprometido con el impulso de programas de reforma que incluían la desarticulación de la intervención del Estado en la economía, el desmantelamiento de la protección de la producción doméstica y la desregulación de los mercados, especialmente del mercado financiero, mediante la eliminación de los topes de cartera y la liberación de las tasas de interés.

Este período ha estado caracterizado por la caída de la inflación, el rápido crecimiento de las exportaciones y el retorno de los flujos de capital, pero también por un crecimiento económico mediocre; de hecho, las tasas de crecimiento estuvieron muy por debajo de los niveles récord registrados en el período de industrialización dirigida por el Estado en el período de la posguerra (3.3 por ciento anual en 1990-2011 frente al 5.8 por ciento en 1945-1980).

Del mismo modo, el coeficiente de inversión no ha vuelto a recuperar los niveles máximos que alcanzó durante el período precedente. Así, mientras la formación bruta de capital creció a una tasa promedio anual del 6.3 por ciento en el período 1960-1980, solo lo hizo a una tasa del 4.8 por ciento promedio en 1990-2011.

El desempeño de la productividad también ha sido mucho más débil. Los sectores de mayor dinamismo han mostrado una dinámica más débil en términos de la creación de empleos, y tienen limitados efectos de arrastre sobre el resto de la economía, de manera que la creación de empleo ha tendido a concentrarse en sectores de menor productividad.

Las empresas más modernas han adoptado estrategias defensivas para poder sobrevivir, implementando políticas de racionalización y modernización que, si bien les han permitido incrementos en su productividad, han reducido su capacidad de absorción de empleo. Como resultado, la fuerza de trabajo ha encontrado ocupación en una proporción cada vez mayor, en actividades informales de servicios, de muy baja productividad.

Dado que la productividad media de la economía es un promedio ponderado, el incremento del peso de las actividades de baja productividad en la generación de empleo presiona hacia abajo y deprime la productividad promedio, contrarrestando el aumento en la productividad de las empresas modernas.

El hecho de que una parte importante del empleo sea empleo de baja productividad, pone de manifiesto un problema fundamental: en este período la población en edad de trabajar está aumentando a niveles sin precedentes como porcentaje de la población total. En conjunto con la desaceleración de la tasa de crecimiento demográfico, ello crea una oportunidad excepcional para el crecimiento.

Si esta creciente población en edad de trabajar encontrase empleos en actividades de productividad creciente, la tasa de crecimiento del PIB se aceleraría a tasas sin precedentes, mientras la declinación de las tasas de crecimiento de la población haría que ello se reflejase en ritmos más altos del PIB per cápita. De esta manera, los países de la región arribarían en mejores condiciones a la fase de envejecimiento de su población. El hecho de que esto no esté ocurriendo así es alarmante.

Por otro lado, el principal resultado de la creciente apertura de la economía, combinada con una tendencia a la sobrevaloración cambiaria —resultante del influjo de capitales y la frecuente utilización del tipo de cambio como “ancla nominal” del sistema de precios— ha sido un incremento muy importante en la elasticidad de las importaciones con respecto a la demanda interna. Así, mientras que en 1960-1980 la elasticidad importaciones-PIB era de 1.2, en 1990-2011 dicha elasticidad se elevó hasta 2.3.

Esta elevada elasticidad ha significado un masivo incremento del coeficiente de importaciones. La limitada diversificación y ausencia de encadenamientos de su matriz productiva hacen que la región dependa cada vez más de las importaciones de bienes intermedios y de capital, a lo cual se suman patrones de consumo imitativos que se cubren de manera creciente con bienes y servicios importados.

En la medida en que la demanda interna se “filtra” cada vez más hacia las importaciones —y cada vez en menor proporción hacia los bienes y servicios domésticos—, el efecto multiplicador del gasto autónomo se reduce, y la producción de bienes y servicios domésticos ve restringido su crecimiento.

Del lado de las exportaciones, el patrón de especialización de nuestros países se caracteriza por un peso considerable de sectores que generan productos de bajo contenido tecnológico y escaso valor agregado, y cuya elasticidad ingreso de la demanda es reducida, de manera que cuando la economía mundial se expande, la demanda por estos productos tiende a crecer menos que proporcionalmente (salvo de manera temporal).

Debido a la mayor elasticidad de las importaciones, el déficit en cuenta corriente tienda a ser mayor para una tasa dada de crecimiento económico. Por otra parte, dado que la demanda interna se orienta cada vez más hacia las importaciones, y a la débil capacidad de arrastre de las exportaciones, los impulsos del crecimiento exportador (o de la entrada de capitales) se traducen en tasas de crecimiento económico mucho más reducidas que en el pasado.

Así, mientras en el período 1960-80 un crecimiento de las exportaciones de uno por ciento estuvo asociado a un crecimiento del 1.07 por ciento del PIB, en el período 1990-2011 apenas se reflejó en un crecimiento del PIB del 0.56 por ciento.

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