Sergio Boffelli
La canción My Way (A mi manera) de origen francés (Comme d’habitude), adaptada al inglés por Pul Anka y estrenada en 1969 por Frank Sinatra, pareciera el himno de la llamada oposición nicaragüense.
En un escenario melancólico, Sinatra cantaba a su público. Mi opinión es que en Nicaragua algunos partidos, agrupaciones, movimientos y ONG supuestamente opuestos a Daniel Ortega, entonan acavangados la versión “Nicaragua, a mi manera”, e imitando al ítalo-estadounidense destacan “arrepentimientos he tenido pocos, apenas unos pocos como para mencionarlos…”
En su catarsis final el autor insistió “mucho más que esto…, lo hice a mi manera. ¡Sí, fue a mi manera!”, aunque tímidamente admitiría “mordí más de lo que podía masticar”.
Bien, dejando al talentoso y finado Sinatra, sabemos que a partir del año 2007 Daniel Ortega ejerce el poder total en Nicaragua, acomodando a su antojo la Constitución y leyes, reprimiendo protestas, liberando delincuentes que desarticulan la resistencia, pactando con ávidos empresarios, logrando la bendición de ciertos religiosos, adquiriendo medios de comunicación y procurando doblegar a otros, sometiendo a los pobres con migajas…, mientras la cúpula gobernante acumula capital a manos llenas.
Así el reestreno dictatorial se asienta. Las causas podrán ser variadas y cada quien con sus preferencias, pero entre las mías —aunque en la vida política y agrupaciones sociales o cívicas se encuentran gentes honorables— es que a todo pulmón se les escucha cantar “Nicaragua, a mi manera”. Son como quien pretende ignorar su pasado, pero al andar por la calle carga sobre sus espaldas un rótulo que lo descubre. Por eso no logran aglutinar a los nicaragüenses.
Entre ellos incluyo a sandinistas no orteguistas, que si bien adoptan la posición más valiente y frontal contra Ortega, no reconocen públicamente que la revuelta de 1979 contra Somoza fue manipulada por los intereses del Este durante la Guerra Fría, y que tienen responsabilidad por el descalabro nacional de los ochenta, cuando se decían marxistas.
Otros son los llamados liberales no arnoldistas, aquejados precisamente por su no muy distante pasado en defensa del propietario de la hacienda de El Crucero, y ahora expertos en vaivenes y coqueteos politiqueros, sin rubor salpicados de divisiones y personalismos.
No escapan grupos cívicos que han dado la impresión de ser extensiones de los partidos, desconociendo su propia identidad e independencia, ni algunos ONG que con agresivas posiciones no hacen más que dividir y provocar rechazos, padeciendo además marcada nostalgia por un pasado que fue pesadilla para la mayoría de nicaragüenses.
Seguramente la evolución del pensamiento político es un proceso y todos aprendemos con el tiempo. Pero estoy convencido que rescatar la democracia se demora porque entre estos grupos unos no demuestran mayor madurez, y otros no admiten errores con entereza y palabras claras. Por eso no logran credibilidad necesaria, ni unidad básica ni adelantan una estrategia común.
El régimen de Ortega es tan débil, que su mayor fortaleza es quienes lo deleitan —a pesar de desafinados— con “Nicaragua, a mi manera”. Así facilitan a más no poder que él y su consorte deshagan el país a la manera de El Carmen. El autor es periodista