Hace 25 años se detuvo la guerra entre el gobierno sandinista y la Resistencia Nicaragüense. El Acuerdo de Sapoá abrió un período de paz ininterrumpido que lleva un cuarto de siglo y que debe ser permanente en nuestro país. Hoy se hace política con propuestas o ataques verbales, antes de Sapoá se hacía política con balas.
Los menores de 40 años no sufrieron la guerra directamente, lo que significa que el ochenta por ciento de los nicaragüenses solo conocen vivir en paz, pero la realidad es que a lo largo de nuestra historia la paz ha sido la excepción y no la regla. Los 36 años de la república conservadora en el siglo XIX y los 25 años actuales han sido los períodos más extensos de paz en Nicaragua.
Después de varios años de guerra, la Resistencia Nicaragüense se había fortalecido en todos los frentes (Norte, Sur y Atlántico) y contaba con más de 20,000 comandos de la libertad (el ejército irregular más grande en América), pero a inicios de 1988 el Congreso de los Estados Unidos decidió cortar la ayuda militar y eso frenó su crecimiento. Por el otro lado, el gobierno sandinista estaba bajo una enorme presión militar, económica y de parte de la Unión Soviética, para buscarle solución al conflicto armado.
Los gobiernos centroamericanos habían firmado en agosto de 1987 los Acuerdos de Esquipulas, en los que se ofrecía a las fuerzas irregulares deponer las armas a cambio de democracia y elecciones libres. En esas circunstancias se dio Sapoá, ambos lados tenían urgencia por detener la guerra.
Sapoá trajo la paz, la libertad de los presos políticos y la libertad de expresión. Hizo posible las elecciones de 1990 con el triunfo de la UNO, el restablecimiento de la democracia, la devolución de las empresas y propiedades confiscadas y el regreso de miles de compatriotas del exilio. Nada de eso habría ocurrido sin Sapoá. Es la llave que abrió un período de paz y democracia en Nicaragua.
La noche del 23 de marzo de 1988 dirigí unas palabras a los nicaragüenses, sobre todo a los jóvenes y sus madres y les dije que este era nuestro aporte para que hubiera vida y no muerte, libertad y no represión. 25 años después me siento satisfecho de haber contribuido a terminar la guerra y abrir el período de paz que hemos gozado con nuestras familias, pero a la vez siento que hay una gran deuda hacia esos jóvenes, en cuanto a su nivel de vida, porque la mayoría no tiene un empleo estable que le permita formar una familia sólida y muchos continúan emigrando en búsqueda de mejores oportunidades. Nuestro compromiso con ellos se reafirma en este XXV aniversario de la paz.
El Acuerdo de Sapoá se logró con una fuerte dosis de patriotismo, de humildad y de flexibilidad de ambos lados enfrentados con las armas. Construyamos la Nicaragua de hoy con esos mismos elementos y tendremos Patria y República para todos.
La entrega y el sacrificio por la libertad de los miles de comandos de la Resistencia Nicaragüense merecen un reconocimiento duradero a través de un monumento que permanezca en el tiempo. Pronto se hará realidad. El autor fue director de la Resistencia Nicaragüense, firmante del Acuerdo de Paz de Sapoá.
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