Venga hablar, soy una mujer de casa. Pero la criada
con rostro adusto no hacía más que hablar, y hablar, y
hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba
a hablar. Hablaba de todo y de cualquier
cosa, lo mismo le daba. Además, doña Jacinta le daba
temor que fuese capaz de echarme mal de ojo la
criada por callar, entonces. Le metió la toalla en la
boca para que se callara. No murió de eso, sino de no
hablar y hablar, se le reventaron las palabras por
dentro, le comentaba Rodolfo a Florencio. Qué
barbaridad, mi estimado, así es la vida, pero dijo
todo lo que quiso, señaló Florencio.
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