En nombre del dolor

Joaquín Absalón Pastor

Los candidatos en las precipitadas elecciones del 14 de abril en Venezuela serán: el mito viviente Hugo Chávez, y Enrique Capriles. Además de competir muerto contra vivo, la campaña electoral tendrá otra excepcionalidad: el escenario de una “capilla ardiente”. La efigie embalsamada como incitación publicitaria porque así conviene a la desnudez carismática del heredero ante un pueblo que en “honor a la verdad” ha dado demostraciones evidentes de pesar, sumergido entre los lindes del misticismo y del dolor.

El designado por el caudillo desaparecido no necesitaba incurrir en la ridiculez de declararse hijo legítimo del llevado a las cumbres de la redención por la oportunidad única de sacarle el mayor provecho a la cacareada sobre valoración. No precisaba esa recurrencia porque ya su líder con lucidez descriptiva, absolutamente consciente había proclamado públicamente con la redondez oral de una “luna llena”, la nominación.

Puede ser que el cadáver embalsamado no se descomponga como lo mismo ha pasado con sus antecesores en la posición de quedar en una “urna de cristal” con la misma fragancia química que se le puso en la preparación. Quedé personalmente asombrado de ver fresco y severo en su mausoleo a Lenin después de un vistazo relámpago. Parecía estar en la vela. Lo que debe preocupar es la descomposición de Venezuela. La desintegración de la útil y próspera concordia.

La rica silueta del Caribe cae en el peligro de corromperse más de lo que está desde la maquinaria del Estado y desde la situación polarizada en sus ciudadanos, todo por el afán de mantener a la hélice heredera en el poder en un sistema que en contradicción con el análisis común, podría poner más peligroso al chavismo sin Chávez que al chavismo con Chávez, según se desprende del discurso impulsivo e irracional que vemos en el espectáculo mediático de la televisión en la batalla por llegar primero a la cúspide del “rating”. Opacidad festinada y mediocre de sus políticos que se han empecinado en insultarse mutuamente, convidándose a verse las caras de “tu a tu”, lo cual no conduce a ninguna parte como si el destino colectivo de una nación, dependiese única y exclusivamente de dos personas.

Reacciones de esa naturaleza han sido efecto de las revoluciones (la vanidad ha hecho la revolución, la libertad es solo un pretexto, es una frase de Napoleón) y bien que la representó cuando se puso la corona. No todas son iguales por supuesto pero tienen características de populismo que definen el término. De ellas han nacido no solo la vanidad —la deidad— sino que el espíritu servil, la deformación del carácter propio del hombre para sumarse a las masas y oír con el patrocinio del delirio al becerro mentiroso, montador de ilusiones. Precisamente son esas las que más se sienten defraudadas después de la implementación de los principios transformadores en nombre del pueblo dentro de los cuales la igualdad se revierte en polarización, en lejanía resentida de clases. La utopía la han bebido a cántaros.

Aparentemente la política es una ciencia sencilla. “El arte de servir” pero en el fondo su armadura es tan compleja, llena de un ropaje tan enmarañado que muchas veces el escéptico la lleva a la conclusión de no tener existente aplicación seguramente porque es administrada por el hombre, el mismo que la sigue manoseando “en nombre de Dios”. El autor es periodista

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