Fue una sorpresa para mí verlo, señor Nicolás Maduro, por internet, acusándome de ser uno de los “mafiosos” que estaban regando los “absurdos” rumores sobre la condición médica del expresidente Hugo Chávez.
Sin ninguna reserva y por este medio, públicamente niego sus burdas acusaciones.
Digo “sorpresa” porque yo contesté muchas preguntas que me ha hecho la prensa internacional y de EE. UU. sobre ese tema, y dije lo mismo: que en Caracas corrían muchos rumores sobre el estado de vida de Chávez; que yo no tenía información privilegiada sobre el tema; que entre los rumores estaba que Chávez había muerto, que estaba vivo, que se estaba recuperando, que estaba empeorando, y otras especulaciones, pero que mi opinión es que dudaba que Chávez pudiera gobernar de nuevo a Venezuela, porque si hubiera podido lo hubieran juramentado de nuevo.
La razón por la cual la gente se preguntaba no es por lo que decía Otto Reich. Es porque su gobierno, señor Maduro, no cumplió con su deber de informar a su propio pueblo sobre la salud de la persona que hasta el 10 de enero fue su Presidente constitucional. Si lo hubiese hecho, no hubiese habido espacio para especulación o rumores que, estoy de acuerdo con él, son dañinos para una sociedad civil.
¿Pero esperaba otra cosa, señor Maduro, que la creciente curiosidad de la comunidad internacional, para no hablar del pueblo venezolano, que no había visto ni escuchado al ahora difunto expresidente por casi tres meses?
Es obvio que los gobernantes de Venezuela han seguido las instrucciones de Fidel Castro, quien ha manipulado información sobre su propia salud toda su vida, y quien ha convertido el uso de la mentira en una política de Estado.
Pero reflexione usted sobre sus propias acciones y palabras, señor Maduro. ¿Cree usted que alguien de verdad cree que soy yo el que ha manipulado información sobre Hugo Chávez?
Me da mucha lástima, pero no me sorprende, señor Maduro, que los seguidores del expresidente Chávez, ahora difundo, sean tan ciegamente leales a alguien como Castro, que ha destruido su propio país, y que ahora necesita la riqueza de Venezuela para sobrevivir unos meses más, hasta que él también tenga que responder a la más alta autoridad, por sus ejecuciones, torturas y crueldades de las últimas seis décadas, incluyendo las barbaridades que cometió antes de llegar al poder.
Venezuela merece un futuro mejor de lo que representa el fracaso de la Cuba de Castro, donde el resultado más ilustrativo de la revolución son los jóvenes y humildes padres cubanos que arriesgan sus vidas y las de sus infantes al montarse en balsas para tratar de cruzar las aguas llenas de tiburones del estrecho de Florida, y llegar a dar pie en lo que las patéticas extremas izquierdas y derechas latinoamericanas llaman “el Imperio Yanqui”, el país que me dio refugio cuando Fidel Castro subyugó al que me vio nacer, y que para los cubanos todavía hoy representa la única esperanza de libertad, prosperidad y dignidad.
Finalmente, señor Maduro, usted demuestra muy mal juicio al falsamente acusar a un ciudadano de una sociedad transparente como la de EE. UU., donde se respeta la ley y donde la prensa investiga la verdad, y donde nadie, ni un presidente, está por encima de la ley, de ser “mafioso” porque si lo fuese los enemigos que, orgullosamente, he logrado acumular en mi humilde carrera ya me hubiesen acusado de eso.
Al acusarme se pone usted en muy frágil tela de juicio, sobre todo cuando tantos de sus colegas en el gobierno de Venezuela han sido declarados como “capos de la droga” por el Departamento del Tesoro de EE. UU., donde otros no pueden viajar al exterior por ser buscados por Interpol o por habérsele retirado visas de países de América y de Europa, o donde tantos ministros, generales y funcionarios han acumulado ilegalmente fortunas multimillonarias en dinero que le pertenece al pueblo venezolano.
¿Quién está rodeado de “mafiosos”, señor Maduro? Como se dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.
Usted dijo en la misma comparecencia en la cual me atacó que estaba “rezando” a la providencia por la salud de Chávez. Me alegra que hayan descubierto la religión. Rece también para que Dios le perdone, y recuerde el Octavo Mandamiento: No dirás falsos testimonios ni mentiras. [©] El autor fue embajador de Estados Unidos en Venezuela.
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