Abdicaciones papales Pedro A. Palma

Pedro A. Palma

La abdicación de Benedicto XVI causó desconcierto y asombro por lo inusual e inesperada. En la larga historia de la Iglesia varios papas han renunciado, pero no se producía un evento como ese desde hace casi 600 años. Por su relevancia histórica me referiré a las dos últimas renuncias, la de Celestino V en 1294, y la de Gregorio XII en 1415.

Después de la muerte de Nicolás IV en 1292, el papado estuvo vacante durante 27 meses, ya que los doce cardenales reunidos en cónclave no se ponían de acuerdo en la elección del nuevo papa. Las dos facciones, dominadas por los cardenales de las influyentes familias Orsini y Colonna, no daban su brazo a torcer, hasta que la presión del rey Carlos II de Nápoles y del pueblo llevó a la elección de Pietro del Murrone, un monje benedictino de 85 años, que vivía como un ermitaño en una gruta apartada. Sorprendido por su elección, y bajo múltiples presiones, aceptó el papado tomando el nombre de Celestino V. El ambicioso y experimentado cardenal Benedetto Caetani le ofreció apoyo al nuevo y aterrado pontífice, que lo único que quería era retornar a su vida de santo asceta, y apartarse del intrigante mundo del papado. Caetani contribuyó a que se produjera la abdicación, llegando incluso a introducir un tubo secreto en la habitación del pontífice a través del cual le decía con voz extraterrenal que debía apartarse del papado. El ingenuo monje, convencido de que le hablaba el Señor, decidió renunciar cinco meses después de su coronación, escapándose a su añorada gruta.

El cónclave que siguió a la abdicación de Celestino V eligió papa a Caetani, quien tomó el nombre de Bonifacio VIII. Fue un audaz papa que dejó huella por su decisión de instaurar el primer Año Santo en 1300, por la defensa que hizo de las rentas del clero en los distintos reinos de Europa, por el implacable comportamiento contra sus enemigos, y su obstinado objetivo de reinstaurar la doctrina aplicada por Inocencio III un siglo antes, según la cual “todo hombre que quiera salvarse tiene que someterse al papa, porque quien se resiste al vicario de Cristo resiste a Dios”. Entre sus enemigos se encontraba la familia Colonna, a cuyos miembros excomulgó y expropió sus cuantiosos bienes, arrasó la ciudad de Palestrina, fortaleza de la familia, y depuso a los cardenales Jacobo y Pietro Colonna. Persiguió a Murrone a quien sacó de su ermita y encerró en un castillo hasta su muerte, pues temía que su santidad le hiciera sombra. Se enfrentó a los reyes de Europa, quienes rechazaban la doctrina de sumisión a la autoridad del papa, y la prohibición de pechar las rentas del clero. El más serio enfrentamiento lo tuvo con Felipe IV de Francia, o Felipe El Hermoso, quien intentó, sin éxito, secuestrarlo y hacerlo prisionero.

A la muerte de Bonifacio VIII en 1303, se eligió papa al cardenal Niccolo Bocassini quien tomó el nombre de Benedicto XI, dedicándose durante su corto reinado de ocho meses a limar las asperezas dejadas por Bonifacio contra los Colonna y contra Felipe IV. El rey galo, sin embargo, no solo influyó decididamente en la elección del nuevo papa, el francés Bertrand de Got, o Clemente V, sino que hizo que este mudara la sede papal a Aviñón en 1309, donde permaneció hasta 1376, período conocido como el “Cautiverio Babilónico” y en el que reinaron siete papas, todos ellos franceses, y altamente influenciados por los reyes que reinaron en Francia durante esos años.

En 1376 Gregorio XI decidió restituir la sede del papado a Roma, poniendo así fin a los casi 70 años del asentamiento en Aviñón; sin embargo, un año después falleció. El cónclave que siguió fue tumultuoso, ya que el pueblo romano exigía que se eligiera a un italiano. Al no lograrse acuerdo entre los cardenales, y presionados estos por las manifestaciones y amenazas cada vez más violentas de la población, en abril de 1378 se decidió elegir a Bartolomeo Prignano, un obispo napolitano que tomó por nombre Urbano VI. El nuevo papa desencadenó una campaña de descréditos, acusaciones y persecuciones contra los distintos cardenales y obispos, llegándose a la conclusión de que debía ser removido. A tal fin, se adujo que su elección era inválida, por haberse hecho bajo amenaza de muerte a los cardenales por parte de la población enardecida que irrumpió violentamente en el cónclave. Acto seguido, el grupo de cardenales franceses eligió a Roberto de Ginebra, quien tomó el nombre de Clemente VII, reinstalando su corte en Aviñón. De esta forma se produjo el llamado cisma de la Iglesia de Occidente.

En los años que siguieron se eligieron papas en ambas sedes, situación por demás irregular y prolongada que se trató de corregir en el llamado Concilio de Pisa de 1409. En el mismo se decidió solicitarle la renuncia a los dos papas de entonces, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón. Ante la negativa de ambos a renunciar se les depuso, nombrándose a Pietro Philarghi, quien tomó el nombre de Alejandro V, y quien falleciera pocos meses después. Su sucesor fue Baldassare Cossa, quien tomo el nombre de Juan XXIII. Es así como después del Concilio de Pisa lejos de ponerse fin al cisma, se agravó este, ya que tres personas reclamaban para sí ser reconocidos como el legítimo pontífice. A instancias del emperador Segismundo se convocó un nuevo concilio, en la ciudad de Constanza, a fines de 1414. Allí se resolvió destituir a Juan XXIII y a Benedicto XIII ante la negativa de ambos a renunciar, y Gregorio XII, considerado después como el legítimo papa, presentó su abdicación el 4 de julio de 1415. Durante los dos años y cuatro meses que siguieron se produjo un interregno pues no había papa, recayendo el gobierno de la Iglesia en el Concilio de Constanza. El 11 noviembre de 1417 fue elegido Oddone Colonna como nuevo y único papa, tomando el nombre de Martín V, poniéndose fin al grave cisma que había afectado a la Iglesia por casi 40 años. Como se infiere de esas dos abdicaciones papales, la de Celestino V en 1294 y la de Gregorio XII en 1415, ambos renunciaron motu proprio para dar paso a otros que ejercieran el gobierno de la Iglesia. Celestino, sintiéndose incapaz de desempeñarse como sumo pontífice, se apartó para dar lugar a una persona más afín, y Gregorio renunció para permitir solucionar el grave problema cismático.

A raíz de la abdicación de Benedicto XVI se ha especulado mucho acerca de las razones que lo llevaron a presentar su renuncia. La historia se encargará de esclarecer cuáles fueron esas razones. Lo que sí es cierto es que él sintió que su avanzada edad y su minada salud lo limitaban para seguir afrontando con efectividad las responsabilidades inherentes a su alta investidura, por lo que responsablemente prefirió apartarse para dar lugar a un nuevo pontífice que idóneamente maneje las complejas realidades de la Iglesia de hoy. Esa decisión, sensata y sopesada, merece el apoyo y la admiración de todos. El autor es economista venezolano.


Opinión cónclave Papa archivo

COMENTARIOS

  1. Cachinflin
    Hace 14 años

    En Nicaragua ya tenemos un papa y se dedica a regalar laminas de zinc

  2. triki traka
    Hace 14 años

    En Nicaragua estamos prepeados con un papa y la mama.

  3. Carlos
    Hace 14 años

    Que susto para la iglesia que eligieran un Papa como Sergio III.

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