El mundo entero se quedó perplejo ante la noticia inesperada de la renuncia del papa Benedicto XVI.
De manera espontánea la mente de los creyentes y no creyentes se vio inundada por un tsunami de interrogantes no fácil de contestar, dado que tal decisión se da en un mundo mediatizado por la lógica del poder y por estilos de vidas relativistas lejanos al dictamen de la conciencia humana. Para algunos el hecho que el papa dejara el primado de Pedro era solamente el fruto de una crisis institucional y de un pontificado estéril que salía por la puerta trasera de la historia; de una decisión en la que se ponía en evidencia el rostro de una Iglesia decadente que, en medio de las intrigas, obligaba a su máximo líder a actuar de tal manera y no a elegir libremente. Ver las cosas de esta manera creo que no solamente no hace justicia al hecho, sino que, tampoco logra captar la profundidad del mismo.
Una lectura creyente de este nuevo giro en la historia de la Iglesia merece ir al escenario verdadero donde se gestó dicha decisión. El papa, en su carta de renuncia dice explícitamente: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”; según sus palabras el viento que le hizo arribar a tan controversial certeza es la voz de la conciencia confrontada con Dios; es decir, que el lugar más sagrado del ser humano se transformó en el papa, en el vientre donde se concibió la idea de emprender un camino inédito. Ahí, donde el hombre se encuentra verdaderamente solo con su verdad y con el sentido de su misión, él sintió la necesidad de tomar otra cruz. Podemos decir por lo tanto, que estamos ante un gesto que relativiza el bien personal, el status del primado, el lugar más visible en el mundo religioso católico, en pos de una convicción y del bien común de las ovejas encomendadas. Dejar el papado, no la Iglesia, se manifiesta consecuentemente como un acto humano de libertad sublime, suscitado por una moción de lo alto que aconteció en las profundidades de la intimidad humana. Paradójicamente tal acto de libertad ha atraído la atención de todas la cadenas de noticias más importantes del mundo, porque sin temor alguno podemos decir que la historia del mundo contemporáneo, caracterizado por grandes cambios, se transformó de manera sorpresiva en el escenario de un hombre que a la luz de Dios decidió dejar una huella del primado de Dios en su vida.
No podemos predecir con certeza qué repercusiones tendrá tal decisión, pero el sentido común nos dice que estamos no solo delante de un simple cambio de papa, sino delante de un giro eclesial con consecuencias que solo la historia será capaz aclarar. Con esta elección las estructuras eclesiales e incluso las maneras de concebir la autoridad dentro y fuera de nuestra Iglesia, son sometidas al dictamen de la voz interior, una voz que por cierto escucha solamente quien es sincero consigo mismo y con Dios. Paradójicamente, el sucesor de Pedro que sin lugar a duda gozaba de una autoridad impresionante, no fue condicionado por la misma, sino que se transformó en el discípulo peregrino que escuchó la voz de quien lo eligió y con la certeza de esa voz eligió cruzar la frontera de la lógica contemporánea que frenéticamente busca la permanencia en el poder y no del servicio. Estamos siendo testigos de una iglesia que proféticamente en la persona del vicario de Cristo se pone en camino con la plena conciencia que los puertos temporales no son la tierra prometida por Dios mismo, de una Iglesia que es capaz de reinventarse en las profundidades del espíritu de Dios; de una Iglesia que encuentra la brújula de su misión en un diálogo humano y sincero con su Señor.
Muchos hablan de crisis de la Iglesia católica y debemos asentir, pero aclarar que se trata de una bella crisis, la crisis del pueblo de Dios que deja las seguridades terrenas para asumir con humildad y libertad el futuro de Dios. Estamos ante la crisis del hombre que con sinceridad es capaz de preguntarse por lo fundamental en medio de coordenadas históricas dominadas por el imperio del relativismo; en fin, estamos ante la apasionante crisis de la verdadera libertad que hace del hombre un auténtico protagonista de su propia historia. Cuando el papa celebraba su penúltima audiencia, jóvenes con entusiasmo y con profundo sentido de fe, de amor y respeto alzaban en la plaza de San Pedro un elocuente mensaje: L’incredibile libertá di un uomo afferrato da Cristo, en nuestro lenguaje podríamos traducir: La increíble libertad de un hombre aferrado por Cristo. Alegrémonos y sintámonos orgullosos de ser parte de la novedad de Dios, quien desde la libertad del papa ha diseñado nuevos caminos a seguir. El autor es sacerdote. Estudiante en Roma, Italia.
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