Carlos Perezalonso
Escribir poesía es un oficio muy duro, que va desde la autointrospección, pasa por la adecuación que el fenómeno emocional —sea el que sea— afecta tu propia condición, la necesidad de comunicar la experiencia, escoger las palabras, mimarlas primero y después educarlas en un severo patriarcado, expresarlas, esperar respuestas —no siempre agradables— y finalmente soltarlas como hijos que se van y no regresan más. Los poemas siempre se refugian en otros brazos.
Hace miles de años que se escribe poesía. ¿Por qué y para qué? Son preguntas sin respuesta o con miles de respuestas, muchas veces escondidas en los poemas. Pero, ¿quién fue el primero? Creo que no hubo primero, sino primera. Una mujer. Trato de imaginar a la entrada de la gruta a la cromañona llevando de la mano al tosco cromañón a ver la lluvia de estrellas el día de Santa Lucía, que no existe aún. Él, anonadado, hediondo a bisonte y sangre; y ella, enternecida, mirando la cara gorilesca de su amado, le dice: Grr, gurr, gerr , que no sabemos qué quiere decir pero que a lo mejor fue el primer poema de la historia. Y ya en el mito, en el Paraíso regalado y después perdido, Adán, que es un apocado, es hombre de pocas palabras, llanas y medrosas. Estar desnudo lo aterra. En cambio Eva y la culebra se han colado y crean el primer Hai-ku, el primer epigrama de la historia. Al interrogante de Dios, Eva responde: “la serpiente me sedujo/ y comí”.
“Igual que la poesía, la Luna como símbolo poético, en el sustrato de la poesía de Yelba Clarissa Berríos Molieri, está llena del misterio, en un complejo símbolo verbal, del lado oscuro y conocimiento interior del ser humano, el ojo de la noche que lo ve todo y lo siente todo, donde la verdad prohibida se ilumina: “Que nuestros labios vaciados de miedo/ se anuden y devoren ensalivados de sueños/ llovámonos desnudos/ empápame de tu lluvia de mi mojada/ que de ti me humedezco/ a la primera sonrisa de tu mirada”.
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LAS TREINTA
Los hombres, quienes son jugadores natos, juegan a la guerra, a la solemnidad. Cosas así, una vez instrumentalizada la poesía, también, como buenos jugadores, apostaron la poesía contra la historia, contra o a favor de la política, con la economía, etc. Y las mujeres, en el umbral de la vida, “como vírgenes prudentes” según Vidaluz Meneses, han estado resguardando la pureza original de la poesía y han escrito, cada vez más certeramente, poemas de amor, es decir de vida. Y han cultivado —vírgenes prudentes al fin y al cabo— el insomnio iluminado, ya que el amor no es sueño sino intensa claridad. Y esto es el libro de Yelba Clarissa, Mi vida en treinta lunas.
Pero, veamos lo que dice nuestra pitonisa; vigilante del umbral del misterio que no puede gritar al mundo su pesar, y escribe en el Silencio de mi grito sitiado y aterido:
Hoy puedo trasquilar las ovejas del insomnio,
vestirme de luna y danzar en el umbral de mi lágrima seca ( …).
No hubo rosas
Por otra parte, el infortunio le arrebata su capacidad de procrear y queda “embalsamada de verde desde las rejas de goma”, terrible descripción de un paciente hospitalizado; donde, según el poema, “no hubo rosas para rehacer el arreglo/ no las besó esta mañana el rocío/ tampoco las saludó el sol/ solo las espinas sobrevivieron al estío”.
Y ella es desde entonces “un continente preñado de arcoíris”. Ya ha pasado la lluvia de la fecundidad, solo le queda el recuerdo, la iluminada e insomne luna de la soledad.
La ausencia es una dolorosa presencia. Deja huellas por todos lados. Por eso Cuando las hamacas no se mecen —poema de inquietantes sugerencias— “la guerra de cuerpo a cuerpo/ se perdió en el horizonte caminando/ diluida entre las horas alargadas ”.
Cuando una hamaca no se mece
me da miedo rellenar el hueco abandonado
etiquetado con el nombre del amado.
Ahora el horizonte está vacío, lo ocupa el viento que mece las hamacas. Mujer en cama sola con pájaro carpintero y Luna paliducha sobre almohada hundida son título-poemas alimentados por versos definitivos y contundentes:
Árbol fuerte y frondoso soy,
guerrera inclaudicable soy.
Mujer en cama sola soy.
Y estos otros:
(… ) la noche paliducha y quejunbrosa
hace muecas hediondas en mi cara diáfana
de amor deshabitada.
La oferta del amor
En el poema Putangel se manifiesta como una oferta de amor abierta, lo que en realidad es soledad. La soledad intensa, a pesar de sus duendes y fantasmas, genera libertad. Los lobos y las lobas esteparias son libres y el amor que ofrecen tiene que ser aceptado. Entra a mi soledad como a una sombra, a sabiendas que, dice la poeta:
(… ) la dicotomía de la mujer es indivisa
que no hay disección posible entre la puta que grita y ruge
y el ángel que con sus alas blancas
te arropa y en ternuras te consume.
El deseo que ya ha llegado a su clímax, se convierte en una sedición nocturna, que establece
sublevada
la sedición inminente estalla
se revuelcan mis tripas
mis manos te palpan
me empujo
para saltar
hacia adentro ( …).
Dice Escobar Galindo que todo es paciencia, sobretodo en este oficio de trasparencia. Y en este caso de virgen prudente, de lunas insomnes, la paciencia dio frutos, y la virgen, de un soplo vigoroso, apagó la llama de su lámpara, abandonó el umbral y se fue al interior de la casa, al cálido tálamo donde la esperan, para cumplir con aquellos versos de Góngora que dicen:
A batallas de amor,
campos de pluma.
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