Al mundial de futbol en Uruguay en 1930, llega ron 13 equipos, menos de la mitad de los 32 países que asistieron a Sudáfrica en 2010.
Pero entre aquel torneo y el último, hubo otros 17 que coadyuvaron a su crecimiento y consolidación como el evento deportivo de mayor impacto a nivel mundial.
La FIFA que gobierna con mano dura su negocio, digo, su torneo, ha logrado mantener en la cima a los mundiales, a pesar de olimpiadas o cualquier otro evento.
Y en gran parte se debe a su autoridad sobre federaciones locales y clubes, a fin de garantizar a los mejores jugadores para su evento de cada cuatro años.
¿Podrá ocurrir lo mismo con el Clásico Mundial del Beisbol, que desarrolla su tercera edición, en medio de una visible crisis de identidad y cuestionamientos?
Es difícil. Y no estoy hablando si atrae o no en países como el nuestro o aquellos donde el beisbol es pasatiempo nacional. Hablo de impacto planetario.
Eso no pasará, mientras no haya una entidad mundial del beisbol, con capacidad de convocar a todas las ramas del juego y autoridad para establecer las reglas.
Al Barcelona podría preocuparle la inversión que ha hecho en Lionel Messi, pero si Argentina lo convoca, no importa lo que piense la tropa catalana. Tiene que ir.
En el beisbol no es así. Los equipos de las Grandes Ligas tienen control sobre los jugadores. Y el organizador del Clásico, MLB, es quien condiciona su participación.
Así que olvidémonos de ver algunos duelos esperados como por ejemplo, Félix Hernández por Venezuela, ante Albert Pujols por Dominicana, entre otros.
Justin Verlander y Clayton Kershaw no podrán encabezar el staff de EE. UU. y tampoco Ichiro Suzuki con Yu Darvish son las caras conocidas en el plantel nipón.
El futuro del Clásico no es halagador. A menos que cada país envíe a sus mejores.
Ver en la versión impresa las páginas: 12 B