En 10 o 15 años veremos la toma total del poder de la híper-potencia: China.
¡Solo imaginémonos a aquellos que vieron la caída de Roma, luego de 1,400 años de imperio! Después España, Francia, Inglaterra
La China está por destronar a Estados Unidos como primera potencia. Caerá una monarquía sajona global. Es un traspaso hemisférico de poder: del Oeste al Este. Ya lo había intentado el Japón, pero con predecibles limitaciones geográficas.
Rusia tiene más de un siglo de escalar picos nevados. Pero sus inciertos pasos financieros, tecnológicos o de desarrollo industrial, no la encumbran firme. O India, que rompiendo viejos moldes culturales retardatarios, hoy destaca por su tecnología, manufactura, finanzas, ciencias puras y armas nucleares.
China todo lo ha logrado en apenas 30 años.
Mientras Estados Unidos aún lidera con un PNB de 15.29 trillones de dólares, China va por los 11.44; y cada año crece 6-8 por ciento. Mientras, la economía gringa no parece superar el 4 por ciento. En tercer lugar viene India: 4.51 trillones —ya desplazó a Japón a un cuarto lugar— :4.49 trillones; en quinto, Alemania: 3.13; Rusia, sexto: 2.41; Brasil, séptimo: 2.32; Reino Unido, octavo: 2.29; Francia, noveno: 2.24; décimo, Italia: 1.87 trillones.
Además, China es la mayor consumidora planetaria de electricidad, combustibles fósiles, alimentos, cemento; el mayor exportador e insuperable usuario de internet.
Como si fuera poco, entró ya al club selecto de países que envían cohetes al espacio; en 20 años quiere poner un taikonauta en la Luna.
¿Qué más puede hacer si todavía le falta desarrollarse mucho, pues de los 1.6 billones de habitantes, su gran mayoría todavía tiene un PIB per cápita de apenas 8,400 dólares?
El chino-mandarín es la lengua más hablada del mundo.
Le siguen hindi, español, inglés.
No me sorprende ver donde hoy China está, sino ¿por qué no había llegado antes ahí? ¿Yace la respuesta en cómo la dirigencia de la época de Mao Tse-Tung se había aferrado a la idea torpe de que el socialismo resolvería los problemas de la humanidad?
Incluso Rusia, hoy ha crecido mucho porque se enteró —¡bastante tarde!— de que las reformas de mercado son las que permiten que primero se genere mucha riqueza, y después, esta se distribuya entre todos. Solo así las naciones salen de la pobreza.
Claro está, China tiene bajas calificaciones en cuanto a democracia o derechos humanos, se refiere.
La cuestión es que China está cosechando abundantes frutos porque su dirigencia moderna se enfocó más en la nación: abrirse a la inversión extranjera, producir tecnologías, enviar a sus mejores estudiantes a universidades europeas y norteamericanas, y facilitar que cada chino pudiera crear riquezas bajo la libre competencia e incentivos gubernamentales.
No hay otra fórmula. Por eso China marcha mejor que Rusia, porque, mientras en Moscú leían El Capital, en Beijing hacían capitales.
¿Y el ascenso del poder chino, qué implicará para el resto del mundo?
El poder —en las Relaciones Internacionales— se acrecienta cuando las fronteras crecen en todos los sentidos.
Beijing, seguramente, anexará a Taiwán, Singapur y Malasia, por ser estas naciones de gran población china. Tíbet seguirá engullido, a pesar de su Dalai Lama o las inmolaciones de sus bonzos. Luego tratará de ir por presas mayores. ¿Tal vez Mongolia? ¿O querrá vengar una vieja derrota sufrida ante los nipones hace ya más de un siglo?
Y aunque Rusia e India sean adversarios temibles, parece que solo a EE.UU. le importa frenar a Beijing. Washington ya ha hecho intentos —en lo comercial, tecnológico o los derechos humanos—, pero no vislumbra duraderas victorias en lo financiero o espacial.
China tiene el mayor ejército del mundo. Y Europa, sabida de esto y harta de guerras, intentará enfocarse más en negocios con Beijing.
En el campo diplomático, ¿cuánto va Beijing a encolerizarse cada vez que haya un conflicto global, si poco cabildea en los foros internacionales, excepto cuando Pyongyang amenaza a la región con sus cachinflines nucleares?
¿Por qué no habrían de imponer su lengua si querrán que el mundo reverencie a Confucio, Lao-Tzé o Mao, al igual que hoy lo hacemos con sabios o estadistas occidentales?
¡Los orientalistas de ayer —Burton, Loti, Buck, Malraux— o Kissinger hoy, verán desde un punto del universo como el dragón de fauces amarillas se ha erguido intimidante!
El hombre más poderoso del orbe ya no estará en la Casa Blanca, sino que hará revivir la gloria de una Ciudad Prohibida.
Nuestro Rubén Darío enmendaría uno de sus versos: ¿Cuántos millones de hombres hablaremos mandarín? El autor es experto en relaciones internacionales.
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