Amalia Morales
Antes de entrar al negocio de la muerte, Miguel Mayorga era un carpintero inconforme que hacía muebles. No es que le fuera mal, pero al poco tiempo siempre había algo que reparar: un balancín torcido, un respaldo gastado, el junco en tiras, una mesa coja. Era como si el mueble nunca terminara de irse, siempre volvía por algo al taller.
En esas estaba cuando se le ocurrió meterse a construir cajas para muertos. Después de todo era un trabajo más simple, pensó, la caja una vez que se enterraba el muerto, nunca más volvía con algún desperfecto. Tal vez fue así, con esa lógica con la que ahora ve las cosas, que Mayorga acabó siendo dueño de una de las tres funerarias más importantes de Granada, donde un entierro no es cualquier cosa.
El carpintero explica que la caja suena porque la madera, cualquiera que sea, nunca se acaba de secar y por eso siempre tronará.
Mayorga no se cree supersticioso, pero sí cree en otro dicho que cuando muere alguien en una esquina, empiezan a desgranarse otros muertos en el vecindario. Dice que eso pasó no hace mucho en el barrio. Murió uno, y luego se fueron como seis más poco a poco. Mayorga, quien a veces se asoma por la fiesta de poesía, dice que una vez enterró a un poeta granadino, pero no se acuerda del nombre. Tampoco recuerda el nombre de un señor bien fachento, que no volvía a ver a nadie, pero que muerto, perdió toda su altivez. Y tal vez esa es otra cosa que Mayorga le reconoce a la muerte, sin decirlo, que no importa lo que haya sido en la última morada todos somos iguales.
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Un entierro granadino es muy distinto al de otras ciudades del país. Es tal vez el entierro más lujoso, solemne y pomposo, como solo la muerte puede serlo.
Un sepelio en esta ciudad, que esta semana es la capital de la cultura nacional por el Festival Internacional de Poesía, se distingue porque el féretro es llevado hasta su última morada en una carroza fúnebre, jalada por caballos y por un cochero, que viste como un caballero de finales del siglo XIX. Un entierro granadino es una fotografía vieja rodando por la ciudad del vigorón.
Mayorga, quien dista de ser un hombre triste, dice que el “granadino es fachento” para la muerte. Muchos familiares, cuando llegan alterados por la llegada de la parca a sus casas, lo primero que le piden es la caja más costosa. Y sí hace poco fue enterrado un vecino en la misma calle, insisten en llevarse un ataúd mejor al que compró el vecino.
Pero Mayorga también dice que el entierro granadino, es hasta cierto punto parejo porque ricos y pobres son enterrados en la misma carroza fúnebre. En eso no hay distinciones. En ese acto la muerte es democrática. Al menos es así en la funeraria de Mayorga.
Después de 25 años en este oficio, Mayorga ha ido descubriendo muchos secretos de la muerte. También se ha ido desentendiendo de ella. Al principio, cuando la gente llegaba afligida a buscar caja, “se me hacía un torozón en la garganta… ahora ya no. Uno se acostumbra a esto”, dice este hombre de ojos claros al que se le han hecho unas bolsas de pescado por el desvelo, por esperar a que la parca vuelva a tocar a su puerta.
La experiencia le ha dicho a Mayorga, algunas certezas que desafían la estadística: nadie, pero nadie, se muere antes de las 10:00 de la noche, ni después de las 5:00 de la tarde. “Es casualidad”, dice que alguien muera a las 9:00 de la mañana, o a mediodía.
Mayorga también sabe que sentimientos como la envidia, la codicia y avaricia traspasan la muerte. Más de una vez, alguien le ha comprado una caja barata y la ha puesto un sobreprecio para cobrárselo a algún pariente que está en el extranjero financiando el sepelio.
También dice que se han perdido tradiciones. Ya no se pone el paño blanco sobre el féretro, ni el cochero se viste con el atuendo del mismo color como se hacía antes cuando se enterraba a una señorita. “Como dicen que ahora eso es dudoso”, relata este hombre mientras enseña una hilera de dientes blancos, inmaculados.
Mayorga no sabe cómo va a ser su entierro. El que lo metan en un ataúd costoso, o en el más barato va a depender del humor de sus parientes, dice sonriente el enterrador. Más de una vez visitando tumbas de parientes fallecidos en el cementerio, ha pensado que ha llevado a tantos hasta allí. Es triste. Pero su mayor satisfacción no es el negocio, dice, sino que nunca le ha negado la caja a nadie. “La he dado hasta fiada”, dice y más de uno no ha vuelto a pagarle. “Ay le darán cuentas al de arriba”, dice.
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