El femicidio

Joaquín Absalón Pastora

Las avispas malignas caracterizadas por picar mortalmente a las mujeres —las flores humanas de la naturaleza— andan sueltas. Una acumulación de factores se cierne sobre esa ola que parte de la terquedad individualista, del celo milenario del hombre que pone a la suya respectiva como objeto —y no ser— en el inventario de su miscelánea “machista”.

El fenómeno se expande con epidémica dirección en las esquinas del bello sexo, donde posan las rosas a veces con la aplicación de sus espinas para dejar un recuerdo indeleble en el rostro de su agresor, pero generalmente temerosas de usar ese recurso. Las entierran vivas con anticipada y por lo tanto premeditada violación, ultrajando el honor sentimental de ser despedidas con una lágrima cuando ellas se van de este mundo por cosas del destino. La sociedad suelta una palabra: pobrecita, mientras la autoridad judicial en la mayoría de los casos, no en el del enterrador, coquetea con el infractor al que pone sentencias que no corresponden con el tamaño atroz de la falta cometida. Y es que los delincuentes reciben sentencias que los deben poner satisfechos en vez de ser motivaciones para reflexionar. Lo peor es que luego a la escuálida pena se le agrega el inexplicable cariño de una reducción porque el reo se portó bien, sin calcular que obligación suya es guardar la debida y normal compostura. Sentencias edulcoradas por la piedad que dan mal ejemplo a quienes nacieron con la predisposición de maltratar a su pareja porque hay antecedentes: la posibilidad de restar los añitos originalmente puestos.

La deuda es impagable. El daño asfixiante que se le hizo a la muchacha, viva todavía ante el monstruo de la tierra que le cayó encima, no tiene reparo alguno.

“Todos somos iguales ante la ley” argumenta el jurista en sus corrillos y está en lo cierto. Pero ¿quiénes hacen la ley?: los hombres. De su imperfección universalmente reconocida se deriva la aplicación. ¿Quiénes la emplean? Y se vuelve a lo mismo en el desmejoramiento de la práctica.

Aquí se aprobó la Ley 779. No se ha incorporado a la efectividad, no ejerce la función de suministrar resultados que hayan disminuido el índice de atropellos, no ha sido el escudo salvador de la mujer, quizá por el desequilibrio que la agobia. Toda ley debe contar con la sabiduría de la proporción, no inclinándose hacia determinado lado. La ley condena al hombre desde el mismo momento en que, sin ninguna prueba, se desconoce la vía de la defensa. El Estado no es con esta ley, persuadidor convincente de la restitución moral. En la obra repentinamente aparece esta escena: “La ley está con vos pero aquí en la casa la tajona la tiene el macho”. En cuanto a las formas de administrarla no se tiene a las suficientes comisarías de la mujer para que ellas cumplan con denuncias de las partes afectadas.

Algunas veces pienso que desde su promulgación se ha incrementado el avispero salvaje cuando debió menguar. Algunas denuncian. Pero hay atemorizados reductos donde se impone el temor, la silente abstención. Negativa es en otro agravante de la aplicación, la falta de jueces locales de familia, ausencia que aumenta el trabajo de los distritos. Ello permite la incapacidad de responder a tantos requerimientos. ¿Por qué una disposición legislativa como la expuesta no ha servido para debilitar tan pestífera saña? El autor es periodista

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