Edipcia Dubón
En la víspera de Navidad el vehículo que conducía mi papá fue embestido por otro vehículo, como resultado fui a parar al hospital. Primer accidente automovilístico en mi vida, que me enseñó que la distancia entre la vida y la muerte, es de apenas unos instantes. Gracias a Dios que solamente tuve que padecer la tortura de andar el cuello rígido con un collarín.
Después de días de reposo y varias dosis de miocitalgan, me siento en la obligación de compartir algunas reflexiones.
Para la Policía las causas principales de accidentes de tránsito, en un 73 por ciento de los casos son: la invasión de carril, giro indebido, imprudencia peatonal, no guardar la distancia y exceso de velocidad.
También, han identificado 84 puntos críticos en la ocurrencia de accidentes, que fundamentalmente se ubican a las salidas de rotondas y semáforos. Como persona de a pie, identifico que otro punto crítico son aquellas que denomino salidas de retorno.
Estos tres puntos tienen como elemento en común que los conductores, incluyendo los motorizados, tendrían que venir a la velocidad establecida por la ley, además de practicar dos cosas que han desaparecido de nuestra conducta cotidiana: prudencia y cortesía. Y seguramente ese porcentaje de accidentes sería menor.
Pero falta más. Aunque quedé prensada dentro del vehículo no perdí el sentido y comencé, en medio del shock y la angustia, a llamar a los números de emergencia indicados para que enviaran una ambulancia. También llamé al número de mi seguro. De manera increíble el operador del seguro lo único que preguntaba era cuál era el número de mi póliza. ¿Cómo se les ocurre?
Después de un tiempo, apareció una ambulancia de los Bomberos. Me sacaron del vehículo aplicando una técnica denominada tracción axilar, mi sorpresa es que siendo jovencitos sabían lo que debían hacer y sin titubear procedieron y cumplieron su tarea hasta llevarme al hospital. Buen punto para los bomberos del Benemérito.
Una vez en el hospital, comienza el calvario de la admisión. Interrogatorio, formularios, dudas, sin que aparezca un médico, mientras en mi cabeza solo alcanzaba la pregunta qué tendré. Me trasladan a la sección privado y ahora a esperar la autorización del Seguro para ver qué tipo de tratamiento podía recibir. Este período duró alrededor de una hora. Y esto que tengo la suerte de ser beneficiaria de un seguro. Imagínense lo que debe pasar la población que no tiene esta suerte. No es exagerado concluir que hay casos en que a la gente se le escapa la vida en estas esperas. ¿Se imaginan cómo es en los hospitales públicos?
En noviembre del 2012 el jefe de Tránsito, comisionado mayor Roberto González, indicó que según los registros de esta institución, en lo que iba del año, habían ocurrido 21,901 accidentes, 552 muertos y 3,962 lesionados. El incremento con respecto al 2011 era menor al proyectado por esta institución, lo que el comisionado policial consideraba “un éxito”. Y está bien la valoración positiva. Pero, ¿cuál fue el éxito para las víctimas?
Es indispensable revisar alternativas de reforma a la Ley 431 que establece las regulaciones para la circulación vehicular. Porque aumentar las penas y castigos es una opción. Pero, es fundamental que el país entero haga conciencia del número de personas que mueren o que quedan marcadas para toda la vida. Y que cada uno de nosotros, ya sea como conductor, como pasajero o como peatón, siempre está expuesto.
Es imperativo un cambio en nuestra cultura. Un poco más de cortesía, generosidad y prudencia puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, entre la salud y la discapacidad. La autora es Diputada