Marta Leonor González
Sobre mi cielo hay un tiburón,
navego en sus círculos
a él le debo lo que amo,
a la bestia que, presa, es devorada.
Eso el amor no puede curar
como un violín en jaula
elefante que claudica en pantanos
agitado plancton de la vida
y esa pastosa luz que ciega pelícanos.
No definir la belleza del escualo
es mejor tarea para matemáticos
calcular la tristeza del mar que somos
animal y ojal, una odiosa definición
un sentimiento de listones amarillos
un ramo de girasoles muertos como don
un inventario de teléfonos que borrar.
En descampadas horas el cartilaginoso
de iluminados grises, es alimento
un placer que es miedo en orillas
y entre escamas le crece angustia
porfiada vida de rocosos instantes.
Esa puerta que cerrás en el fondo del mar
a la que solo puedes hundirle llaves perdidas.
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