Irene Rojas
Estamos viviendo en una época maravillosa: nunca han existido tantos conocimientos, ni se han generado tantas investigaciones. Hoy están vivos más científicos que todos los que han existido en la historia de la humanidad.
Por otro lado, estamos en una época donde hemos confundido la sabiduría —la capacidad de discernir y adherirnos a la verdad— con conocimientos y reducimos estos a mera información, la que, a su vez, la comprimimos a datos que al final se vuelven, para muchos, ruido sin significado Unido a lo anterior, vivimos en una cultura la cual el ganador del Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, denomina “del espectáculo”, es decir de la diversión y entretenimiento. Etimológicamente diversión es “desviarse”, “separarse”, “distracción” es jalar en distintas direcciones y entretener es “detener entre”, es estar “atrapado”, como resultado tenemos cada vez más personas incapaces de enfocarse, de encontrar sentido a lo que sucede, aún en sus vidas, y que viven en un torbellino de emociones, en mero aturdimiento.
El fenómeno de la soledad es una manifestación más del abandono de la sabiduría y del sentido de la trascendencia del ser humano, muy congruente con otras sustituciones que hemos venido haciendo: causas y no razones, y mucho menos intenciones; azar y no propósito, conveniencias y preferencias pero no convicciones; comunicabilidad, pero no compañía, conocidos, pero no amigos; medios, pero no fines, valores, pero no virtudes amamos las abstracciones: queremos a la niñez, pero no al niño concreto que nos interrumpe nuestro pasatiempo favorito; a la maternidad, pero no al niño por nacer, más aún si es inconveniente e interrumpe nuestros planes y deseos; nos compadecemos de la pobreza, pero desde lejos, allí donde los pobres no se vuelven nuestros molestos prójimos.
Hemos querido inconsciente o deliberadamente alejar la sabiduría de nuestras vidas, sin embargo la sabiduría persiste en manifestarse no solo en la religión, sino también en lugares inesperados: en cuentos, leyendas, en parábolas, y a veces hasta en las tiras cómicas.
Una de las grandes tentaciones o trampas en que con frecuencia caemos es echarle la culpa a alguien de lo que nos sucede. Siempre la culpa es de alguien más: de la colonización española, del gobierno de turno, de la historia, la culpa es de los Estados Unidos, de los rusos, de los extraterrestres, de los venezolanos, del profesor que no me quiere, de los cubanos, de las explosiones solares, de los esquimales en fin escoja cada uno de ustedes su culpable favorito. Ese sentido de victimización es una manera cómoda de autoabsolvernos de culpas, y de rechazar nuestra propia responsabilidad. Llevada al extremo, esta es la tentación de lo que se conoce en psicología como impotencia aprendida: personas que creen que no controlan nada en sus vidas, que todo depende de factores externos y que tienden al fatalismo porque al fin y al cabo la vida depende del azar y de la suerte. Este sentido de fatalismo es hermano de la indiferencia, que ha sido cómplice de los horrores, particularmente del siglo XX y de los centenares de millones de víctimas del comunismo y del nazismo.
En contraste con todo lo anterior, existen personas que deciden ser actores y autores de lo que les sucede y del entorno en que se encuentran, que agarran el toro por los cuernos y luchan por lograr metas, buscan y crean oportunidades, enfrentan riesgos y asumen la responsabilidad de sus acciones y de sus consecuencias. No se conforman con lamentarse del entorno en que viven, sino que emprenden negocios, cambios sociales y culturales, movimientos políticos, innovaciones tecnológicas, campañas ecológicas, transformaciones éticas, mejoras en la productividad, iniciativas para generar riquezas entre los más pobres . El origen de la palabra emprender es etimológicamente “comenzar a hacer” y comparte la misma raíz —prenderé— con comprender y aprender como para señalarnos que para iniciar algo, primero hay que entender y ejercitarse si se quiere realmente tener un resultado feliz.
Hay que generar riqueza para lograr una vida digna para uno y su familia, crear empleos de calidad, hacer progresar Nicaragua, ayudar a los más necesitados, practicar una verdadera responsabilidad social —y no reducirla a un elemento de mercadeo— compartiendo y desencadenando el potencial existente, sin olvidar que la riqueza es un medio y no un fin. No estoy diciendo que hay que renunciar al poder y a la influencia, indispensables para el liderazgo. Lejos de eso. Lo que estoy remarcando es la necesidad de la sabiduría para determinar con claridad el propósito final del ejercicio del poder. ¿Para qué lo usamos?, ¿lo usamos para hacer el bien a los demás?, ¿para hacer avanzar una organización o una causa, o lo usamos para autoelevarnos, para sentirnos dioses? Entre más lo usamos para la gratificación de nuestro ego, más perdidos estamos.
Por el contrario, la humildad, como escribe C.S. Lewis, “no es pensar menos de uno mismo, sino pensar menos sobre uno mismo”. Carácter es destino y como dijo Abraham Lincoln: “Casi todos pueden soportar la adversidad, pero si quieren someter a prueba el carácter de un hombre, dénle poder”.
Quizás el antídoto más grande que conozco contra el poder absoluto es la prudencia —una percepción clara de la realidad— junto con un autoconocimiento de quién es uno y sobre todo de cuáles son nuestros valores y nuestro sentido de la existencia, de la razón por la cual estamos en este mundo.
Hay una historia en la que se relata que una noche un viejo cherokee le contó a su nieto acerca de un debate interno de cada persona. Le dijo: “Hijo mío, hay dentro de todos nosotros una batalla entre dos lobos: uno de ellos es el mal, la ira, la envidia, los celos, la tristeza, el pesar, la avaricia, la arrogancia, la autocompasión, el resentimiento, la soberbia, la mentira, la superioridad, el egoísmo, la exaltación, el ego”. El otro es la bondad, la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la fe, la serenidad, la humildad, la empatía, la generosidad, la verdad y la compasión. El nieto pensó acerca de esto por un momento y luego preguntó a su abuelo: “¿Qué lobo va a ganar?”. El viejo Cherokee simplemente respondió: “El que tú alimentes”.
La autora es Rectora de la Universidad Thomas More. Extractos de su discurso en ceremonia de graduación, 26 de enero de 2013.
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