Un cuadro de Hopper

Solo hay derecho al espacio a partir del momento en que ya no hay espacio para todos y a partir del momento en que el espacio y el silencio son privilegio de algunos a expensas de los otros. Jean Baudrillard

Santiago Molina

Solo hay derecho al espacio a partir del momento en que ya no hay espacio para todos y a partir del momento en que el espacio y el silencio son privilegio de algunos a expensas de los otros.

Jean Baudrillard

En un cuadro de E. Hopper se encuentran unos personajes

extraños mirando hacia un paisaje hiperrealista, vestidos con la

ropa cotidiana de la semana y sin gafas de sol bajo el resplandor

evidente de un luminoso mediodía; ¿qué están haciendo ahí en

esa árida terraza frente a unos cerros brumosos de abulia? Con

esa placidez parecieran gozar de ellos y del mundo, pero en

realidad son representaciones tardías del Dream americano,

autómatas de una sociedad cuestionada que ha perdido todo

vínculo humano con el otro, y el cuadro de Hopper lo muestra:

están ahí juntos en esa terraza de un monódico destiempo, pero

lo único que los une es la mirada en el vacío mientras realizan su

sueño individual, podríamos decir que son seres objetales

(menos bellos que el paraguas y la máquina de coser surrealistas

capaces de producir asombro) cumpliendo una función determinada

por las leyes de un azar infame que los condena a

practicar el paisaje condicionado por algún anuncio publicitario

de fin de semana. Gozan del espacio como si fuera una píldora de

felicidad o de un antidepresivo para los mejores días estivales;

idos están observando ese vasto campo de cereales, símbolo de

un mal infinito del presente globalizado, que de tan espacioso ya

no tiene en su egoísta perspectiva ni un lugar para que vuelen

—como volaban en los trigales de Van Gogh— los grajeantes

cuervos que celebraban un día de sol y viento con la intensidad de

las espigas.

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