Santiago Molina
Manía de ir sintiendo el paso del tiempo con el nombre de los meses y todo lo que las cosas
puedan tener entre sí de diferentes: el tono de la luz que se puede apreciar en las grandes
superficies, el nombre de las frutas que las vendedoras van ofreciendo en las calles, cromáticos
pregones que me dicen en la fonía del limón o el zapote la estación que me vive; con mucha razón
Marcel Proust anotó en su Recherche du Temps Perdu, los últimos pregones que recorrían las
calles de París, ingenio y musiquita del pregón popular que ninguna publicidad moderna puede
superar. Nostalgia también que tuvo Walter Benjamín, apesarado, viendo desaparecer esos
Pasajes que él estudiaba y adoraba debajo de los grandes edificios que entretenían los sueños del
comprador súbito, o bien del flâneur en su búsqueda melancólica de una inédita mercancía;
fantasmagorías del siglo XIX, pregones de Proust que la vendedora de frutas en su pasaje me
trae: rodajas de sandía, mamones, mangos y nancites pasando junto a mi ventana abierta al sabor
de los más lejanos encuentros.
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