Unas veces por oportunismo político y otras por reacción emotiva legítima y comprensible, hay quienes pretenden aplicar a sociedades como la nicaragüense remedios similares a las medidas propuestas por algunos sectores norteamericanos ante las esporádicas (aunque conmovedoras) tragedias que ocurren en la actual sociedad norteamericana. Nos referimos a las reacciones causadas en Nicaragua por el terrible drama de la escuela de Sandy Hook, donde un joven loco y perverso asesinó a veinte inocentes niños y a seis adultos.
De inmediato surgieron aquí voces para eliminar las armas de fuego, no obstante el hecho de que las leyes nacionales sobre armas son indudablemente restrictivas. Antes de cualquier juicio sobre el asunto vale preguntar a quienes piensan que la ilegalización de las armas terminaría con la criminalidad: ¿Cuántos delitos han cometido los portadores legales de armas? ¿Y los aficionados al tiro? ¿Y los miembros de clubes deportivos? Verían entonces que la criminalidad está relacionada con la pérdida de valores, con la corrupción moral y política, con el declive del sentido de familia y del honor, y no con la posesión de armas por los ciudadanos honestos, para deporte o para protección.
En medio de la campaña de los “liberales” (izquierda) norteamericanos contra las armas (a quienes amplios segmentos los tildan de manipular el dolor de Sandy Hook e incluyen en esto al presidente Obama), vale recordar algunos datos sobre las armas de fuego en Estados Unidos. Indica un estudio del equipo del senador Roscoe Barlett, resumido por Alan Caruba: Anualmente las armas de fuego se utilizan sesenta veces más para proteger vidas que para amenazarlas. Han ocurrido dos millones seiscientos mil casos de legítima defensa, incluidos los de 192,000 mujeres amenazadas por agresores sexuales. En el 92 por ciento del total no hubo disparos. Bastó la presencia de un arma.
En 1995 en Estados Unidos entró en vigencia la ley de “Zonas Escolares Desarmadas”. Desafortunadamente los tiroteos escolares aumentaron desde entonces 370 por ciento. En contraste, la tasa de homicidios disminuyó 14 por ciento en el resto del país. Muchos expertos opinan que un personal de seguridad armado hubiera frenado a locos-asesinos como los de Columbine, Virginia Tech, o Sandy Hook.
En todo caso, en cuanto concierne a Nicaragua, cabe recordar que la legalización de armas requiere previa certificación de especialistas en salud mental. Y en cuanto al tema norteamericano, extensos sectores consideran que tragedias como las señaladas emanan básicamente de la decadencia moral de la sociedad actual, estimulada por los mismísimos “liberales”: Destrucción familiar, perversión del concepto de matrimonio, relativismo a ultranza, violencia y sexo hollywoodenses Lo indisputable es que estas tragedias no ocurrían hace cincuenta años en ese país, cuando había una moralidad más sólida, aunque las armas eran incluso más populares y mucho más fácilmente adquiribles que hoy.
En Iberoamérica, incluida Nicaragua, muchísimos “pacifistas”, enemigos de que los civiles honrados tengan y porten armas, son los mismos que ensalzan a regímenes autoritarios, violentos y armados contra sus pueblos. En el delicado tema de las armas debería privar el balance en la discusión: Evaluar realidades por encima de oportunismos políticos y de posiciones construidas sobre la cresta emocional de tragedias, que aunque nos enlutan, no deben obnubilarnos para observar en su conjunto las causas más profundas de episodios tan conmovedores como el de Sandy Hook. El autor es doctor en Estudios Internacionales.
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