La crisis del sistema económico mundial que estamos presenciando y padeciendo es en el fondo consecuencia de una severa crisis política. Entendemos aquí el concepto de crisis política en su sentido más amplio, el que, sin excluir su presencia en otros campos específicos, se refiere, sobre todo, al ejercicio del poder y a su transferencia sistemática hacia los núcleos del capitalismo financiero especulativo, lo que conlleva a la devaluación de la ciudadanía como su fuente y origen, y al debilitamiento de los límites de ese mismo poder y de los mecanismos establecidos para su control.
La crisis que enfrentan actualmente los países desarrollados, sin perjuicio de sus características específicas y puntuales, es, en general, una consecuencia del fracaso de las políticas neoliberales y de los abusos del sistema financiero.
De esta forma se ha debilitado la democracia, pues se actúa contra ella cuando de manera encubierta, pero efectiva, se proclaman y exaltan sus principios, al tiempo que se subordina el poder político a los controles del poder económico y financiero del capitalismo corporativo transnacional.
El destino de la democracia, que es un sistema de límites al poder, zozobra ante el ejercicio de un poder sin límites, en una sociedad mundial confusa y desorientada, ante el naufragio de valores y la devaluación del mecanismo de regulaciones y controles al sistema financiero. De esa forma se devalúa la democracia real en nombre de una aparente democracia formal.
La crisis que afectó a los países pobres como consecuencia de la aplicación de los mecanismos de la globalización afecta hoy a los países ricos como consecuencia del fracaso de la misma, lo que ha llevado a una mayor participación del Estado y al establecimiento de ciertas medidas reguladoras al sistema financiero mundial para tratar de atenuar los demoledores efectos de sus actuaciones impropias.
En algunos países árabes la situación es consecuencia de la crisis política, económica, ideológica y axiológica, es decir, del sistema de valores y de referentes culturales de carácter general, sobre los que se han sustentado las diferentes y autoritarias formas de ejercicio del poder.
Indudablemente que la tecnología ha jugado un papel importante, en la medida en que ha roto el aislamiento y permitido la intercomunicación con personas, países y sistemas que proclaman la apertura, la libertad de información y la libertad política, aunque muchos de esos países enfrentan hoy una de las más severas crisis de su historia.
En China se evidencia la total separación entre capitalismo y democracia, pues mientras la libertad económica se aplica en forma irrestricta en la carrera por ganar los mercados internacionales, en el plano político se restringen los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos y se ejerce un poder férreo y autocrático.
Lo que en los países occidentales desarrollados se ha manifestado como un conflicto entre el sistema democrático y el capitalismo corporativo transnacional, en China se ha afianzado el capitalismo económico sobre el vacío y ausencia de la democracia política.
En América Latina la posición ante los efectos negativos de la globalización y el neoliberalismo, se ha tratado de justificar en el Alba como reacción al modelo mundial predominante, pero sin presentar una alternativa capaz de estructurar y reafirmar la democracia integral, representativa y participativa, sustentada sobre un sólido sistema institucional, de límites al poder, de alternabilidad en el ejercicio del mismo y de respeto a la libertad individual y colectiva.
Lejos de ello, el sistema político está caracterizado por algunas de las deformaciones propias de los autoritarismos de derecha que se produjeron en distintos momentos del siglo XX latinoamericano, tales como caudillismo, culto a la personalidad, perpetuidad en el poder, clientelismo, autocracia y devaluación jurídica e institucional.
Como podemos apreciar, en un mismo tiempo y diferentes lugares y circunstancias, la democracia ha sido agredida por quienes la rechazan y por quienes la proclaman. En medio de una situación tan compleja hay algunos elementos comunes que conviene destacar: el debilitamiento de ciertos valores considerados universales; la ruptura de lo que hasta hoy ha sido asumido como un contrato social planetario; la contradicción en algunos países entre los valores culturales tradicionales y la exigencia de nuevas prácticas y valores políticos.
El vacío actual, con las diferencias de tiempo y circunstancia, se asemeja al que vivió la humanidad al concluir la Segunda Guerra Mundial y que fue enfrentado con acuerdos fundamentales que dieron origen a lo que podríamos llamar el contrato social mundial del cual resaltan la creación de la Organización de las Naciones Unidas, en 1945, y la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948.
Con el reconocimiento de la importancia y necesidad del primero de ellos, y de la vigencia y validez moral de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la humanidad, no obstante, se encuentra en un momento de rupturas e incertidumbres. Ellas son consecuencia de la forma como se han marginado algunas decisiones de la ONU, y se han transgredido los Derechos Humanos. El propio capitalismo financiero especulativo, en tanto que sistema, ha sido una forma de violación de los principios y valores que estos representan.
Aunque no se puede ni se debe pretender que los problemas nacionales sean resueltos hasta que lo estén los problemas mundiales, es necesario, sin embargo, estar conscientes de los términos generales de la crisis y de la necesidad de un nuevo contrato social planetario, que haga realidad la aplicación práctica de los Derechos Humanos y atienda mediante una concertación en las Naciones Unidas, los nuevos y acuciantes problemas del mundo contemporáneo.
El fortalecimiento de la democracia integral exige replantear la idea a partir de tres criterios fundamentales: descentralización, participación y concertación, mediante los cuales se pueda proponer una nueva visión y acción del Estado, el mercado y la ciudadanía.
El debate sobre la ética política y el sistema de valores correspondientes, significa rechazar la fuerza como derecho y la violencia como razón; exigir el respeto de las normas universales, imperfectas, ciertamente, pero indispensables para no caer en la guerra de todos contra todos, y principalmente, reafirmar la libertad como condición esencial del ser humano, lo que establece el derecho y el deber de la persona de rechazar lo injusto y oponerse a lo irracional.
El autor es jurista, filósofo y escritor nicaragüense.
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