Recordando a Pedro Joaquín…

Róger Mendieta Alfaro

Por motivos fuera de mi voluntad no pude estar presente en el homenaje que la Fundación Violeta Barrios de Chamorro otorgó a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas.

Sin embargo, mientras del acto sobre el libro gráfico sobre Pedro tenía lugar, estaba irremediablemente junto a él, refundido en el recuerdo, en la estrechez de la aventura revolucionaria que tuvimos enfrente. Escuchaba su soñador y vigoroso mensaje, verbalmente suntuoso dentro de la irremisible confusión de la esperanza y de la realidad. Así son los soñadores. Pues los cambios, el paso de ríos y mares tormentosos primero se sueñan, después se alcanzan si es que se supone que puede lograrse un final apropiado.

Recordando a Pedro, y a su amada Violeta, tenía entre mis manos y así poner más realismo al recuerdo, la crónica histórica de Olama y Mollejones, en la que narro gran parte de aquella odisea que nos tocó vivir a punta de casi nada, más bien de esperanzas y sueños, trasladándonos desde Punta de Osa, cuando la baja marea permitió el aterrizaje del carguero Curtis Comander que pilotó Rivas Gómez sin una dirección exacta, hasta aterrizar en los llanos de Mollejones.

Ya volando y coreando el Himno Nacional dentro del papelón de aluminio nos dimos cuenta que caeríamos en cualquier sitio: la carretera a El Rama, en la de León o Chinandega. Y en donde fuere, allí estaría el pueblo que con certeza se lanzaría a la calle o entraría a la montaña en la que estaría esperando.

Tuve la satisfacción que me tocó venir con Pedro, amigo de visitas en pueblo a pueblo, y las correrías políticas que junto a Reynaldo Téfel, el padre Federico Argüello, Pepe Medina, Eduardo Chamorro y otros tantos más que vinieron en el segundo grupo que quedó atascado en Olama.

Luego de la pertinacia de Fruta de Pan, me tocó caminar junto a Pedro bajo el invierno tenaz de la montaña, leguas y leguas a medianoche, entre las complicadas trochas de la montaña, bajo un invierno tenaz y brutal, que comenzaba a las seis de la tarde y no paraba hasta las diez del día siguiente. Si mal no recuerdo, y es algo que escribí en Olama y Mollejones , Pedro tenía algún problema a nivel de la columna vertebral, y al resbalar entre las piedras lamosas y poco visibles de las quebradas y los ríos, caía pesadamente. Yo me detenía. Estiraba mi brazo para ayudarlo, pero él respondía que no era nada, que estaba bien y seguía renqueando pero siempre adelante. Esto sucedió en varias ocasiones. Se levantaba, vacilaba físicamente quizá un poco, pero continuaba caminando.

Y son de aquellas vivencias que me traen el recuerdo de Pedro. Y las que se mantienen con uno frescas y realistas, supongo que hasta el final de los días.

Indudablemente por todo esto que está dentro de su enorme entorno humano merece el calificativo de líder de las libertades públicas, y es ejemplo vivo aún después de haberse ido físicamente de nuestra Nicaragua. Pedro Joaquín realmente vive. Jamás lo he dudado, porque el recuerdo es la materia viviente que solo la puede tocar el alma.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí