Joaquín Absalón Pastora
La musicóloga Eva Badura me decía en una estancia suya por Nicaragua que cuando le correspondía oficiar en el altar bicolor del piano descubría algo nuevo en los clásicos. Ellos no imaginaron que la herencia dejada iba a ofrecer la posibilidad de ser tan rica en matices que siempre hay una sonoridad oculta, susceptible de ser conquistada por la imaginación del arreglista orquestador, cuando se propone evadir la estructura original para escapar de la rutina. Otra exponente, la virtuosa Licia Lucas coincidía con esa apreciación, detrás de la cual no se esconden maestros de la fantasía como Leopoldo Stokowsky, autor de múltiples adaptaciones de la música de Juan Sebastian Bach, a quien fácilmente ponía a viajar del clavecín a la guitarra.
Eso pensé cuando terminé de escuchar y presenciar la exégesis que hizo del oratorio El Mesías la Seraphic Fire, en Miami, dirigida por Patrick Dupré, quien según el cronista cultural Daniel Fernández dijera “no importa cuántas veces se escuche o se interprete porque siempre presenta bellezas ocultas”.
Eso confirma que los clásicos dejan la puerta abierta por muy rigurosas que hayan sido las partituras de inicio resistentes a la modificación.
Este grupo satisfizo plenamente a la concurrencia de la First Methodist Church de Coral Gables, acompañado por la Firebird Orchestra en un ambiente de profundo y premeditado silencio colonial catedralicio con cercanía costera . Se cantó y se tocó a un Mesías orquestado guardando su imagen. Sobresalieron tenor y barítono sin perder notoriedad la tarjeta coral que tuvo el espaldarazo de la orquestación, presidida por la brillante trompeta cuyo sonido inundó los recodos, escogida en el arreglo para descollar, clarín con sonido a gloria. Finalmente la oración se rezó y se cantó de pie inusitadamente compartida para dejar un timbre de auténtica solidaridad mística.
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