Pocas cosas son tan importantes en la vida como poder distinguir el bien del mal; lo que nos construye de lo que nos destruye, lo que nos eleva, de lo que nos baja. Sin esa capacidad seríamos como conductores que no saben leer los altos del camino: no pararíamos ante los peligros y terminaríamos estrellándonos.
La formación moral busca precisamente desarrollar esa facultad y orientar nuestra conducta. Una buena analogía es la de los mapas y radares que usan los barcos para evitar escollos y llegar al puerto anhelado: la moral nos informa sobre las rutas correctas de comportamiento y sobre los peligros que existen fuera de ellas.
Aunque es de sentido común que ni el hombre ni la sociedad podrían manejarse bien sin radares morales adecuados, esta certeza está siendo atacada hoy día por el relativismo moral. Lo bueno y lo malo, nos dice, no son realidades que están fuera de nosotros, sino producto cambiante de nuestras preferencias. Las normas morales, por tanto, no tienen validez en sí mismas ni son universalmente aplicables a todos; lo que es bueno para unos puede no serlo para otros. Criticando un artículo que publiqué el 31 de diciembre, sobre el mensaje por la paz de Benedicto XVI, Pedro Cuadra Morales decía, al respecto, que la moral es relativa pues “proviene de un acuerdo entre los humanos sobre la manera en que quieren vivir”.
Volviendo al ejemplo del barco, esto equivale a decir que no se debe hablar de escollos en la ruta ni de norte o de sur, como si fuesen categorías objetivas, independientes de la aprobación u opinión de los marineros, sino como construcciones sociales, producto de la subjetividad imperante. Para unos el norte podría ser el sur, y lo que para unos pueden ser escollos o peligros, para otros podrían ser puros espejismos.
Los relativistas llegan a esta conclusión tras señalar, con deleite, que la historia y la antropología muestra muchos cambios en las normas de conducta a través del tiempo y del espacio. Pero al hacerlo no solo omiten las grandes continuidades y la universalidad de muchas de ellas, como la condena del homicidio, el robo y la mentira, sino que incurren en la falacia lógica de usar la multiplicidad de normas como prueba de la ausencia de principios absolutos. El hecho que muchos individuos y algunas sociedades, aprecien o menosprecien una norma, no tiene nada que ver con su validez. ¿Dejaría el robo de serlo en una sociedad de mafiosos, donde sus hombres acuerden que la manera de vivir es robando? Jamás. Porque la maldad o bondad de una acción no depende de su popularidad, sino de la medida en que contraría o se compagina con la naturaleza humana. Aún cuando todo el mundo se volviese homicida, el asesinato seguiría siendo perverso.
Por difícil que sea a veces determinar la idoneidad de una norma, el convencimiento de que hay conductas en sí mismo dañinas, que como escollos reales pueden hundir nuestro barco, es fundamental para la supervivencia del individuo y del género humano. Renunciar a la idea de una moral objetiva, universal, es renunciar a la capacidad de distinguir entre el bien y el mal y por la tanto enrumbarse al despeñadero. Por eso decía Benedicto XVI que el relativismo es un gran enemigo de la paz. Sus promotores harían bien en oír la advertencia que hizo milenios atrás el profeta Isaías: ¡Hay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A