En una edición reciente del semanario humorístico El Azote, en la sección de vocabulario, un colaborador definía el concepto de “segundo” y decía que es el espacio de tiempo que transcurre cuando el semáforo pasa de rojo a verde para que el conductor de atrás suene la bocina.
En un segundo se pierde la paciencia pero también se puede perder la vida. La falta de educación en los conductores y peatones en Nicaragua constituye una de las principales causas de accidentes que el año pasado produjeron más de seiscientas muertes en las calles y carreteras.
Un conductor ebrio conduciendo un vehículo a alta velocidad embiste al conductor y al pasajero de una motocicleta matándolos y se introduce en un restaurante de la Carretera Sur lesionando gravemente a otros.
Una ambulancia de la Dirección de Bomberos, luego de colisionar con un vehículo mata un vendedor ambulante en una de las calles del sector de Las Palmas. Un camión irrespetando una señal de alto en horas de la madrugada destruye la vida de una madre y su hija en las inmediaciones de la Asamblea Nacional cuando intentaban llegar a un hospital a dar a luz. Un joven de 18 años ebrio y conduciendo como un bólido en una madrugada corta la vida de tres personas y envía a tres más al hospital en la Carretera a Masaya. Un vehículo liviano colisiona de frente con un bus, muriendo un profesional y un joven en el sector de Carazo, y así podríamos seguir enumerando los más recientes accidentes de tránsito que parecen no conmover a nuestra sociedad.
“Nos estamos volviendo insensibles ante el dolor humano”, me decía un joven psicólogo cuando le pedí su opinión sobre lo que puede estar ocurriendo ante tanta tragedia. “Estamos así porque nadie respeta las leyes en este país”, me comentó un abogado. “La tragedia nos duele hasta que nos afecta familiarmente”, me dijo un médico. “Estamos viviendo en el país de la anarquía, el desorden y el caos”, me dijo un pesimista. “Lo que ocurre es que vivimos en un estado de facto, donde el presidente y la mitad de sus funcionarios ejercen sus cargos fuera de la ley y por lo tanto los demás no la cumplen”, me dijo un político.
Quizás algunos o todos tengan razón, pero la verdad es que en un país sin educación y donde no se respetan las leyes sus ciudadanos terminan volviéndose insensibles, ciegos y hasta cómplices de las tragedia que a diario ocurren.
No solo nos referimos a tragedias como los accidentes, sino a los femicidios, las agresiones intrafamiliares, las violaciones, los asesinatos, homicidios asaltos, que quedan registrados únicamente en las estadísticas de la Policía y de los organismos que estudian estos temas, pero que muy poco se está haciendo por enfrentarlos con beligerancia y responsabilidad .
La situación se torna más grave cuando la población pierde la credibilidad en instituciones que son las responsables de aplicar las leyes y donde algunos de sus miembros resultan involucrados en delitos y gozan de impunidad o intentan sepultarlos bajo el manto del olvido, como los recientes casos de las represiones y violaciones a los derechos humanos posfraude en varios municipios del país o las relaciones con grupos del crimen organizado.
Lo peor que le puede ocurrir a los ciudadanos de una nación es acostumbrarse a vivir en anarquía, en caos social, yoquepierdismo e indiferencia porque en la crisis a la cual nos está llevando esta situación, la consecuencia es que la próxima víctima puede ser cualquiera de nosotros.
El autor es periodista y escritor
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