No hace falta ser sociólogo para comprender que la familia constituye la base de la estructura social, pues en ella se forman los valores y actitudes más persistentes de los ciudadanos. Sin embargo es poca la atención que se le presta. Por eso es muy atinada la reflexión que la Conferencia Episcopal de Nicaragua hizo sobre el tema al final del año. La familia, advierte, está fallando en transmitir a las futuras generaciones los valores, ejemplos y virtudes, que constituyen la sabia de una sociedad saludable.
¿Por qué? Una razón importante es el aumento de los hogares mono parentales. El problema es viejo. Pablo Antonio Cuadra había advertido cómo la familia nicaragüense, “en lugar de descansar en la dualidad natural Padre-Madre, en la cual ambos comparten las cargas y se complementan, lo hacen sobre su componente más débil: la mujer, que como esposa es solamente una provisional compañera, y como madre una heroica víctima que soporta todo el peso de la prole de diversos padres ”.
Como trasfondo del problema está el hecho de que la mayoría de las parejas nicaragüenses son reacias al matrimonio, es decir, esquivan el compromiso de vivir fielmente unidos y asumir la responsabilidad de la crianza y educación de sus hijos. También afecta la abundancia de embarazos adolescentes, producto a su vez de relaciones casuales y la permisividad sexual. El desequilibrio de la madre chavala, sobrecargada, y un muchacho tránsfuga, irresponsable, aumenta la pobreza y redunda en proles desatendidas; en niños que rara vez gozan de plática y juegos con sus progenitores. Sus padres, si acaso están, raramente les platican o cuentan cuentos, y casi nunca —o nunca— les dan orientación sobre la vida y sus deberes.
La niñez en estos hogares transcurre entre gritos, enfados y golpes, con el ruido de fondo de una televisión permanentemente encendida, que vierte basura y, a veces, veneno. Son casas donde escasean tanto los buenos ejemplos como los adultos varones que puedan servir de modelo, y que hacen la calle más amigable. Y es desgraciadamente allí, entre los vagos del barrio y los jefes de pandillas, que los niños adquieren sus referentes morales.
Pero el fallo del hogar, como educador y formador, se da también en matrimonios o familias más estables. Ocupados con otros afanes, son muchos los padres y madres que descuidan su responsabilidad más importante: formar hijos con buen criterio y comportamiento. Mucha televisión y videojuegos, y poca disciplina y conversaciones, redundan en jóvenes más socializados por los valores predominantes en los medios de comunicación, o en el ambiente, que por los de sus padres.
La abdicación de las responsabilidades parentales suele ir acompañada de una novedosa timidez. Observaba el sociólogo argentino, Coen, que hasta hace poco los hijos temían a sus padres: a sus castigos, regaños o amonestaciones. Aunque sujeto a desatinos y abusos, esto reflejaba el orden natural de la vida: los mayores ejerciendo autoridad y gobierno sobre los menores. Hoy, sin embargo, añadía, “presenciamos la primera generación, en la historia de la humanidad, en la cual los padres tienen miedo de los hijos”, —miedo a disciplinarlos—, a no darles gusto, a serles antipáticos. A ellos cae, precisamente, uno de los exhortos del mensaje episcopal: “Deseamos vivamente que los padres de familia asuman con seriedad y responsabilidad además de su fidelidad recíproca en el amor, también su misión de acompañar, corregir y educar a sus hijos”.
Enderezar la familia y educar para la familia debería encabezar la lista de prioridades. Y entre los posibles propósitos de año nuevo, pocos pueden ser mejores que tratar de ser mejores padres y madres.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A